4/10/17

Aprender a sonreír

Cada mañana sonaba el despertador a las seis en punto. Pesada y amargamente lo apagaba para ir casi reptando a la cocina a desayunar. Tras tomar mi zumo y mi café con leche me metía en la ducha. Bajo la alcachofa de la ducha dejaba que el agua arrastrase la modorra de mi cuerpo y la enviara muy lejos por el sumidero. 

Dar un beso a mi mujer y mi hijo, aún acostados, era el paso previo a salir de casa y tomar el ascensor hasta el garaje y coger el coche para ir al trabajo. Una vez dentro del coche sintonizaba alguna radio que me hiciera menos pesada la caravana  y que hiciese brotar alguna sonrisa que iluminara la gris mañana. 

Para quien hablase conmigo lo habitual era escuchar mis amargas quejas a propósito de los madrugones y los atascos que tenía que soportar. Además de mis, más aún vehementes, quejas acerca de la dificultad a la hora de aparcar el coche en alguna calle cerca del trabajo.

Entablar conversación con mis compañeros era, en algunos casos, una ardua tarea de cuya, a veces, imposibilidad también me quejaba en los cinco minutos de cigarrillo. La hora de la comida la pasaba junto a alguien pero en seguida marchaba a pasear solo, pesaroso, lamentando mi mala estrella. 

Mi sonrisa en cambio renacía al salir del trabajo y acercarme a mi casa. Las tardes se iluminaban si lograba ir a buscar a mi hijo al colegio y llevarlo a sus actividades extra escolares. En mis conversaciones con amigos y mi mujer eran frecuentes las quejas por mi trabajo, mis madrugones y mi mala estrella. 

El fin de semana, empero, era un oasis. Un oasis  repleto de todas las actividades reservadas para realizar en esos dos días. Actividades con la familia, ir con mi hijo y sus amigos a la plaza; con los amigos, irnos a comer por ahí; o con mi mujer, cena, teatro, cine. En fin, un poco como todo el mundo.

Me da pena no haber dado valor a lo que tenía. Soy tan tonto que valoro las cosas cuando las pierdo. Ahora no trabajo, pero tampoco puedo escribir (que es mi pasión) porque los dolores no me lo permiten. Tampoco madrugo, ni duermo del tirón, ni conduzco ni, por lo tanto, cojo atascos. No aguanto insulsas conversaciones ni me quejo de mis jefes. 

Porque el destino me tenía guardada una sota de bastos. He tenido que aprender a aguantar el tirón. Porque llevo de baja desde hace casi seis meses, con dos operaciones de columna por medio. Ahora mis quejas las protagonizan mis dolores y los ardores de estómago que provoca la ingesta, casi masiva, de medicamentos. 

Ya no veo los fines de semana como un oasis entre la mediocre cotidianidad de la semana. Porque ahora todos los días son prácticamente lo mismo. Vivo en un constante día de la marmota. Entre los dolores, y la incomodidad en toda postura que dure más de diez minutos, me siento incapaz de hacer cosas. 


Ahora, cuando todo es gris, si no negro, es cuando he aprendido a dar valor a las pequeñas cosas. Esas que antes obviaba. Ahora he aprendido que se puede sonreír por nimiedades. Lástima que tenga que haber pasado por dos operaciones de columna para darme cuenta. Pero, como habrán deducido, muy listo no soy. 

22/9/17

El insecto y la planta,

La naturaleza es sabia. Muy sabia y, si nosotros fuésemos medianamente inteligentes, podríamos haber previsto las situaciones en que ahora nos vemos inmersos. 

Si analizamos, por ejemplo las plantas carnívoras, veremos cómo se actúa en una negociación. La planta ofrece al insecto un maravilloso néctar que desprende un magnífico aroma. El embriagado insecto, olvidando el riesgo, entra al habitáculo en que está dispuesto tan suculento manjar. Al acercarse al néctar su ceguera le impide darse cuenta que a su alrededor se va poco a poco estrechando el cerco. Cuando se percata ya es demasiado tarde. 

En una negociación, en cambio, las partes se sientan a hablar. En la conversación que sigue le muestro a mi interlocutor lo que ha venido a obtener y le voy pidiendo algo a cambio. Además, para hacerlo todo más sibilino, le digo más o menos abiertamente, que la competencia me ofrece lo que a su vez yo deseo. El arte de negociar es que ninguno crea haber perdido y que ambos hayan tenido que ceder. El problema se da cuando una de las partes tiene una posición superior respecto a la otra. En cuyo caso el intercambio es desigual y, por conseguir lo que tanto anhelo, hipoteco mi vida y la de mis nietos. Es ahí, con los nietos vencidos llevándose las manos a la cabeza, en la situación en que nos encontramos ahora.

Los partidos políticos de España, por mor de la ley D'Hont y por no tener una segunda vuelta electoral, para conseguir llegar al gobierno han tenido que ir pactando con los partidos nacionalistas. Era una negociación infame en la que el partido nacionalista pedía el oro y el moro y los aspirantes al gobierno cedían sin reservas, por cuatro años de gobierno, y sin pensar en las consecuencias que dichas cesiones nos depararían en el futuro. 

La consecuencia ha sido la transferencia de competencias indudablemente de ámbito nacional a las Autonomías a cambio de cuatro años de poder. No conviene olvidar que todo ello es por nuestro bien, por supuesto. Otra de las consecuencias ha sido que se les ha ido dando más poder a las Autonomías en detrimento del Estado porque estas han ido actuando a su propio beneficio desoyendo el artículo segundo de la constitución cuando habla de la obligatoriedad de mostrarse solidario entre las distintas Comunidades. Y, por supuesto, obviando el bien común de España en beneficio del propio. 

En la ecuación naturaleza gobierno, por si hay algún despistado, diré que llegar a la Moncloa representa el néctar ofrecido por las autonomías a los partidos políticos que representan al conjunto de España. La cesión de las competencias en sanidad, educación, seguridad, etc., es el habitáculo oscuro en que está depositado ese néctar que se va estrechando segundo a segundo. España, por lo tanto, sería el embriagado insecto. Un insecto que, en cualquier documental que veamos sobre esto, podemos ver cómo acaba. No sé si estamos a tiempo o no de despertar a ese insecto para evitar la debacle en que nos estamos sumiendo.

Por este motivo, en cuanto se solucione el asunto catalán que nos tiene a todos perplejos, habrá que despertar al insecto. De modo que las fuerzas políticas se sienten a hablar y modificar la ley electoral, el título octavo de la constitución, el sistema de financiación de las autonomías, la conveniencia o no de la pervivencia del Senado y de este sistema desigual, deficitario y fracasado de las autonomías y devolver al Estado las competencias que deban tener un ámbito global. Porque es indecente que haya una sanidad, educación y hasta una seguridad distinta en según qué comunidad estemos. 


12/9/17

Sobre el fondo y la forma.



Tenemos una innata tendencia a conferir propiedades cuasi divinas a objetos de lo más ordinario. Ocurre más a menudo de lo aconsejable que, de tanto hablar tratándolos con veneración y postrados de rodillas, actuamos como si esos objetos tuviesen por sí mismos dicha cualidad. Quizá ese modo de denominar a los objetos que nos rodean fuese válido como creación de figuras metafóricas propias del realismo mágico. Pues magia, y mucha, deberían tener alguno de esos objetos para poseer, no ya divinas, sino cualidades santurronas.

Tendemos, pues, a relacionar ese objeto con la cualidad misma que queremos definir al nombrarlo. Por reducción al absurdo, tendemos a confundir el contenido con el continente. Pero es aquél y no éste el que ostenta la memorable cualidad de que dotamos al objeto. Aunque a veces confundamos uno y otro. No se puede equivocar el fondo con la forma. No se tendría que atribuir mayor importancia a un detalle que a lo nuclear. No se debe, en definitiva, obviar lo importante en favor de lo superfluo.

Un lienzo, por sí mismo, no es una obra de arte. En cambio, si algún maestro esboza una pintura, podría llegar a considerarse como tal. Del mismo modo, si soy yo el que lo pinta, el lienzo habrá quedado destrozado con total seguridad. Cuando hablemos de un lienzo, por lo tanto, debemos tener mucho cuidado porque puede que haya sido pintado por Goya o por un tuercebotas como yo. Y les aseguro que yo no puedo equivocarme tanto como para que un lienzo mío se considere una obra de arte. Por eso digo que es el contenido lo que importa. Esta es la razón de atribuir a un objeto unas propiedades u otras. Por este motivo no debemos figurarnos que, cuando se habla de un lienzo, se trata de un cuadro maravilloso equivocando forma y fondo.

En un texto, por ejemplo, podríamos intentar juntar bellísimas palabras de una manera inconexa y de ningún modo brotaría un poema o un relato magníficos. Probablemente no fuese más que una ridiculez pretenciosa y absurda carente de significado y sin nada que aportar. En cambio, si se le confiere hondura de pensamiento filosófico a la par que belleza en la forma de decir, estaríamos ante un texto memorable. Sea en verso o en prosa. Porque, aún con disparidad de opiniones al respecto en cuanto a los poemas se refiere, en general, la forma tiene una menor importancia que el fondo. El contenido es más importante que el continente. Lo que se dice, que cómo se dice. Los genios son los que dicen maravillas con palabras fantásticas y crean textos increíbles con tan solo mover los labios.
                             
A veces uno se equivoca y no consigue ser certero con sus afirmaciones; otras no se consigue dar con la palabra correcta que confiera al texto la hondura pretendida. Quizá pueda ser que no se sepa lo que se dice, que sucede y mucho últimamente; o simplemente que no se esté dotado para decir nada. Quizá suceda que lo que se diga esté oculto, de tan envuelto como lo presentamos, con una pátina ideológica. Hay veces que lo que se persigue con la ambigüedad del mensaje lanzado es despistar al oyente en la búsqueda del propio beneficio. Haciendo que se pierda en palabrerías absurdas sin que se dé cuenta de lo que le estamos diciendo aún quedando en evidencia por hacer determinadas afirmaciones. Hay veces que se retuerce el discurso en un marasmo de términos para decir mucho dando la sensación de no haber dicho nada, o al revés.

Por ejemplo, en las noticias de no recuerdo qué canal, he llegado a escuchar a una parlamentaria decir que un asunto litigioso entre una autonomía y el estado no puede ser tratado judicialmente porque debe solucionarse políticamente. Lo que ignora, o intencionadamente calla esta señora, es que el asunto del que habla es un conflicto entre una norma inferior y otra superior. El ordenamiento jurídico español indica que en caso de conflicto entre normas prevalece la norma superior. Lo importante en este caso, aunque haya sido obviado en beneficio de lo banal en busca de no sé bien qué beneficio, es el principio de legalidad. De modo que esta señora ha mostrado que no sabía lo que decía; aunque quizá la búsqueda del beneficio propio haya pesado más que su imagen.

Del mismo modo hay quienes no tienen ningún reparo en buscar su beneficio en detrimento de su imagen. Venerando, arrodillados y llorando como ascetas, una simple urna como si de la propia democracia se tratase. Ignorando, o callando, que el hecho de votar es sinónimo de democracia cuando se vota dentro del marco legal. Porque, para ser democrático lo que se vota, ha de ser legal. Principio inexcusable que no se cumple en el caso que nos ocupa. En este asunto se está dando un valor irreal a lo superfluo (urna) en detrimento de lo que es realmente importante (legalidad). No dejamos de escuchar, y de leer en las redes sociales, lo democrático que es el hecho de poner urnas. Aunque sea para que voten unos pocos desoyendo interesadamente la voz de los demás. Pues bien, será un acto democrático cuando lo que se vote sea legal.

Otorgamos propiedades divinas a un objeto para dotarle de una importancia que realmente no tiene. Por sí mismo una urna carece de significado. Como símbolo de democracia puede valer, a lo mejor, pero nada más. De hecho, una urna no es más que un cubo de metacrilato con una ranura en la parte superior. Ahora bien, lo que le otorga valor a la urna es la papeleta. Aunque ni siquiera, porque siendo más preciso, lo que le da significado es lo que se consigne en la papeleta. Si el contenido de la papeleta no se ajusta a derecho lo votado no puede ser legal. El hecho de votar pierde importancia. Se bastardea y retuerce la democracia en beneficio propio confundiendo interesadamente, de este modo, el fondo y la forma.

7/9/17

Querer o saber.



Para bien o para mal en España hay una constitución. Una constitución que probablemente fuese redactada como un parche momentáneo para salir del paso y realizar la transición política tan necesaria en España en aquel tiempo. Ahora ha quedado obsoleta y hay que modificarla y adecuarla a los tiempos que corren, dicen algunos, y me parece perfecto. Que se modifique en el sentido que se quiera modificar. Bien para establecer el método de conseguir una independencia del propio Estado o para cambiar el modelo de convivencia. Que se refunde España como una República o lo que se acuerde entre todos. Porque así, con consenso, todo es posible.
No olvidemos que la propia constitución establece los métodos para su modificación. Unos métodos que, según el asunto a modificar, serán más o menos complejos. Complejidad que viene dada en que hay que llegar a acuerdos con el resto de fuerzas políticas. El problema que yo veo para una profunda modificación constitucional radica precisamente ahí: en la incapacidad de nuestros representantes políticos para sentarse a hablar, establecer un consenso y llegar a un acuerdo en el sentido que sea buscando el bien común. Es decir para verdaderamente hacer política. 
Es más fácil, y menos gravoso legislativamente, puentear la constitución, pasársela por el forro y exaltar a la gente (bien sea mediante la vía de las redes sociales o cualesquiera otras a su alcance) para que la masa salga a la calle a gritar la consigna que se les ocurra. Eso es mucho más sencillo que hacer política de la de verdad. Ese modo viral y tuitero de hacer política me recuerda al de gente que no era muy demócrata precisamente. Gente que utilizaba la propaganda para exaltar las bondades del partido. Porque quien puentea, ningunea y desoye la constitución, está haciendo un flaco favor a su condición de demócrata. Pues, por mucho que se les llene la boca de democracia autoproclamándose demócratas, no lo son.
A mi modo de ver, tener tan polarizado el país, es detestable. Pero no menos detestable, e incluso asqueroso, me resultó ver la necesidad de politizar un funeral con víctimas internacionales por los fallecidos en los atentados de Barcelona. Todo ello para sacar rédito político de ese execrable suceso. Exactamente igual de asqueroso que cuando aquel infausto once de marzo por la tarde, unas fuerzas políticas proclamaban a los cuatro vientos que los 193 muertos del tren de cercanías de Madrid, eran fruto de un atentado etarra, mientras los de enfrente decían que era producto del terrorismo yihadista. También por sacar cuánto mayor rédito político mejor. Ya  que una u otra variable le daba a uno u otro bando la posibilidad de llegar al gobierno. Solo pensarlo me da grima.
Por ello, cuando me dicen que la legitimidad de esta constitución está en entredicho y que la transición fue una patada hacia adelante de la situación política, les digo: de acuerdo, modifiquen la constitución. Si puede ser cierto todo lo que alegan. Puede que fuese algo provisional, un parche; que su legitimidad, como dicen, esté en entredicho y demás argumentos que esgrimen. Claro que puede ser. Pero para resolver este problema, nada baladí, hay que hacer política de verdad. Sentar a todos a la mesa. Ver caso por caso, estudiarlos entre todos y llegar a una solución consensuada. Para después, según prevé la constitución, establecer el protocolo adecuado para llevarlo a cabo.  Eso sí, entiendo yo, que es el modo democrático de hacer las cosas. Porque, a mi modo de ver, hay dos formas de hacerlas: bien o mal.
Pero esto de hacer política de la de verdad es más complicado para nuestros políticos. Porque no están capacitados. Porque hacer política no es, como están acostumbrados, decir quiero esto, lo tuiteo, exalto a la masa y lo consigo por aplastamiento, no. Hay que llegar a acuerdos con las demás fuerzas políticas. Hacer concesiones unos y otros pensando en el bien común. Y para eso, estimado lector, hay que querer y hay que saber. Y dudo mucho que nuestros actuales representantes políticos sepan hacer política y quieran dejar de utilizar la política a su antojo para su propio beneficio.

14/7/17

Declaración de principios.

En una sociedad tan polarizada como la nuestra en las que desde la opinión pública se dice que si estás en contra de uno, eres afín al de enfrente, impidiendo, de este modo, que existan equidistancias. No puedes estar en contra de unos y otros; ni puedes ser, por tanto, independiente. No puedes mantenerte en un término medio. Tienen que etiquetarte, si no molestas. Además, es un hecho que desde las administraciones, se quiere controlar toda opinión vertida en uno u otro sentido y desde cualquier lugar que ésta se cree, lo que está provocando que, en lugar de creadores librepensantes, se estén formando hordas propagandistas que les hacen el juego desde sus películas, novelas, artículos de opinión, canciones, fotografías o cuadros. Es decir, desde cualquier ámbito de la creación artística. De modo que esos propagandistas les crean corrientes de opinión afines a sus intereses y que les produzca beneficios.

La primera medida a adoptar por un partido político que se precie de serlo es amordazar la cultura o, en su defecto, domesticarla y enseñarla a que muestre la patita obediente cuando se le diga. El fin del político es conseguir el voto y para ello utilizan todas las armas que tengan a su alcance. Un número de armas creciente porque, en nuestros días, los partidos políticos se han convertido en algo más que eso. Ahora han pasado a ser lobbies de poder con su banquito (o cajita de ahorros), su prensa afín, sus intelectuales de cabecera y sus community manager que agitan las redes a su antojo. Todo ello, claro, hecho desde su mejor saber por y para nuestro bien. Eso dicen ellos y eso creen sus acólitos que repiten el mensaje hasta la saciedad.

La cultura que conocemos, en términos generales, es una cultura de foco. Una cultura plegada a los intereses de los lobbies antedichos. Lo que, por definición, no será jamás Cultura. Esta cultura de foco es utilizada por unos y otros para amodorrar la conciencia colectiva inundando sus cerebros con la propaganda adecuada y creando adeptos a sus premisas, principios y creencias. Tal como están las cosas, ahora hay que pasar por el aro de su adhesión o morir en el arcén del olvido. Es de este punto de vista desde el que se crea la actual cultura de masas bobalicona, edulcorada y simple. Cuanto más simple mejor para que no ponga en riesgo sus premisas y principios.

En cambio, ser intelectual implica no doblegarse a nada más que la Razón. Discutir con ahínco y vehemencia, si fuere menester, toda rigidez moral e imposición y Crear. Crear desde la mayor libertad posible dudando de todo poder fáctico y de líderes mesiánicos. Pues la Cultura ha de ser contestataria y firme combatiendo el poder establecido. Tiene que crear conciencias hurgando en las rendijas utilizadas por ese poder. Ha de ser molesta, por supuesto, porque llama ladrón al ladrón. Independientemente de con quién se acueste, a quién vote, o a quién rece el ladrón. Que dote al ciudadano de argumentos con los que dudar, disentir, pensar y elegir en conciencia, pero con toda la información en su poder. No una información interesada y sesgada. Pero, claro, eso no les interesa. Viven instalados en la cómoda urbanización de lujo que provoca la tranquilidad de saber que han logrado domesticar la cultura. Para la mediocre clase política de nuestro país es mejor adormilar conciencias y conseguir el voto, que tener un pueblo culto y formado que les obligue a tener que subir el nivel de sus discursos. Tal es el nivel del político medio español. 

Por todo ello combatiré contra el statu quo de la cultura actual declarándome independiente de todo fantoche adoctrinado. Me propongo cortar los hilos de las marionetas del poder que repiten hasta la saciedad sus consignas como un mantra hasta que cale en la sociedad y les proporcione un voto más. Porque creo que a los creadores hay que dotarlos de una libertad real para que la Cultura sea transgresora, independiente, libre, indómita, arriesgada y propiedad del que la crea. Para que ésta sea independiente de organismos y administraciones oficiales y partidos políticos que ofrecen su mecenazgo a cambio de su creación. De modo que veamos todo tipo de discursos en los medios. Esa es la verdadera libertad de opinión. Una libertad e independencia para no escuchar los teledirigidos discursos oficiales una y otra vez, creando tendencias programadas. Evitando exámenes de una censura que, desde las instituciones, digan quién sí y quién no debe llegar al público. 

15/6/17

15 de Junio de 1977

Escapaste de aquel tiempo absurdo,
se acabó la noche, al fin llegó el día.
La luz ocultó la sombra prohibida 
y eran melodías lo que antes murmullos.

Tras mucho huir por camino oscuro
llegaste hasta un claro y no había salida 
Te encontraste arriesgando tu vida
entre afilada espada y alto muro

Invierno marchó y con él los hielos,
se abrieron las flores volvió primavera,
mas la sombra aún agitaría el miedo

pues ese es el oro de su cruel moneda
que les enriquece a costa del pueblo

que está entre su urna y sus papeletas.

13/6/17

Paralelas

La luz entra
por las rendijas de la persiana,
a rayas paralelas.
Mientras sigo echado en el sofá;
a veces leo un poco,
otras tecleo en el ordenador
pero las más observo.
Veo esas rayas de luz paralelas
que siguen incansables
mientras me retuerzo de dolor.
Tu vida y la mía
son esas paralelas que no se tocarán.
Ojalá tu destino
te sonría trayendo todo eso que quieres
haciéndote feliz;
Ya sabes que, por mi parte,
yo me conformaría
con poder sentirme un escritor.
Ni siquiera de éxito
mi idea no es petulante
tan solo que me permita vivir
de mi escritura.
Quizá así, de un modo tan sencillo,
volviese a sonreír.
Pues, como nuestras vidas,
el dolor y mi destino soltarían sus manos
y, al fin y felizmente,
serían para siempre dos rayas paralelas
que no se tocarán.