8/10/16

Sonrisas. Una historia de otoño.

Soñar con no tener que levantarme de la cama. Tapado hasta las orejas. El calor de mi cuerpo me hace estar a gusto sin moverme. Desear que el despertador no esté sonando. Pero suena. Levantarme y pensar que todo vuelve a su sitio. Salir a la calle. Sentir el frío en la cara. Aspirar fuerte y exhalar el vaho mientras lo observo salir de mi boca. Coger el coche y ver la salida del sol a través de la ventanilla. Empaparme de la oscuridad de la calle de camino a casa tras otra maratoniana jornada laboral. Observar la humedad en el brillo del asfalto y las paredes. Mirar las hojas caer y cómo van a reunirse con otras hojas en un rincón cualquiera. En cambio, otras se arremolinan en el suelo mecidas por el viento y se dejan llevar por él. Pensar que soy una de ésas hojas que huye hacia ningún lugar. Pero no. Porque tengo que empezar mi día. Siento que mi vida empieza justo ahora al salir del trabajo. Mi vida es vida de la puerta de casa hacia dentro. Sonreír acordándome de los míos. Tararear alguna canción de Adele o Norah Jones (les pega tanto septiembre. De hecho, son tan septiembre). Hay gente que es de otoño. Le pasaba a la magnífica Amy Winehouse; le pasa a Dean Martin y le pasará a Michael Bublé. Sigo tarareando y, sin poder evitarlo, sonrío.

Al fin, tras este enorme, elástico y febril verano que nunca termina, llega el otoño. Es la época de celebrar los cumpleaños de las personas que más quiero. Celebrar juntos sus cumpleaños me hace ser feliz. Porque soy feliz, inmensamente feliz, al sentir la alegría de mi mujer y mi hijo en sus días. Ver la expectación con que abren sus regalos. La sonrisa que les hace brillar y ser de colores. Siempre esa maravillosa sonrisa. Una sonrisa que me acompaña cada día y que hace que todo ruede cuando algo no va bien. Cuando el trabajo se vuelve gris, agrio y pesado recurro a la sonrisa almacenada en mi recuerdo. Esa sonrisa de otoño colorea todo cuanto toca. Hay veces, cuando más oscuro se vuelve todo, que puedo llegar a cerrar los ojos y escuchar sus carcajadas en medio de la vorágine de trabajo, tráfico y discusiones. Entonces, esté donde esté, sonrío.

Esperar que llegue el fin de semana y desayunar un sábado, pausados, tranquilos. Aguardar la entrada de mi hijo en la cocina y hacer que nos asusta. Entra como un huracán. Exactamente como llegó en un otoño de hace ya unos años. Revolviendo nuestra calma. Acelerando nuestra vida. Iluminando los grises que difuminaban todo y coloreando nuestro horizonte. Haciéndonos sonreír a cada instante. Dándole sentido a la vida. Desayunar en la cocina con el pie del niño reposando en mi propio pie. Hablando de lo humano y lo divino y preparando la final de Champions que el niño va a disputar dentro de escasas dos horas. Regresar a casa y celebrar la victoria, el empate o la derrota delante de un tazón de chocolate caliente y un bizcocho. Manchar la punta de la nariz de mi hijo con mi dedo lleno de chocolate y sonrío. Sonreímos.

Dormitar en el sillón con esa película que haré que veo junto a mi mujer acurrucada a mi lado mientras el niño intenta hacerse con el mando a distancia. No nos gusta. Es un telefilme horrible y además no hay nada en la televisión digno de verse. Elegir entre los tres una película de las que tengo reservadas para estas ocasiones y evitar discusiones. Así logramos que regrese la calma a casa. Hacer unas palomitas mientras vemos la película elegida. Sentar al niño a mi lado y mi mujer al otro mientras nos tapamos con una manta. Cenar algo frugal viendo las noticias y mientras cojo mi libro, me sirvo una copa de whisky. Leer. Cuando, tras darme un beso y las buenas noches, se van a la cama. En ese momento es cuando leo. Continúo en el sillón de la galería un buen rato más. Mientras la luz de la lámpara ilumina sus páginas, cierro los ojos fijando sus sonrisas, sus palabras y sus besos en mi cerebro y doy un trago largo y pausado. Sentir el whisky bajar por mi garganta. Sus sonrisas. Observarlo al trasluz. Qué sonrisa. Es tan de invierno u otoño el whisky como de verano o primavera. Pero ese color ocre del whisky es absolutamente otoñal. Recuerdo sus sonrisas. Lentamente se curvan mis labios y sonrío.

Nos encanta pasear por el jardín del Capricho de Madrid en cualquier época. Es absolutamente recomendable para cualquiera. Pero es aún más maravilloso en otoño. En esta época se pueden apreciar todas las tonalidades existentes de color ocre. Ninguna paleta de ningún pintor puede siquiera soñar con tener tan ingente gama de colores a su disposición. Es magnífico, inabarcable, maravilloso. Me dejo llevar. Intento abarcar todo y almacenarlo dentro de mí. Sentir cómo el frescor de la naturaleza embota mis sentidos. Ver las luces, los brillos, la atmósfera que me abruma y me hace hinchar el pecho de asombro. Apreciar y admirar la belleza del jardín y sonreír embobados. Sí, sonreír. Decir alguna tontería, reír y jugar al pilla pilla con el niño. Dejar que nos atrape y abrazarnos los tres en un abrazo de tres solo para nosotros. Y sonreír. Siempre sonreír. No dejar de sonreír porque es otoño.

23/9/16

Miedo y asco.

La oscuridad de la habitación es absoluta salvo por una pequeña rendija bajo la puerta. Las sábanas huelen a limpio y a recién planchadas. El silencio en la casa es absoluto. Pero no puede dormir. No, porque el niño sabe lo que ocurre a continuación. Sabe lo que siempre viene a continuación. Cuando de pequeño le decían: "que viene el coco" él sabía exactamente cómo era el rostro de ese ser. Ya han pasado tres años desde que empezó su calvario. Tres años sufriendo lo mismo. Sin previo aviso nota cómo las lágrimas afloran a sus ojos. Las plegarias se agolpan contra su almohada en un rumor ininteligible. Un ruido en el pasillo hace que el niño dé un respingo en la cama. Ya viene. Saca la cabeza de debajo de la almohada y mira la sombra que se adivina bajo la puerta. Mierda, ya está aquí. El pomo comienza a girar y el niño no puede reprimir el temblor que inunda todo su cuerpo. Abre la boca para gritar pero no emite ningún sonido. Un enorme agujero frío y negro se abre en la boca de su estómago tragándose todos los gritos. El temblor se hace más fuerte llevándose la poca valentía que le queda. El sudor perla su frente y rostro y los ahogados sollozos retumban en el silencio de la habitación. Su corazón se acelera. La puerta se abre. Ya llegó.

El niño no puede contener las lágrimas pero intenta acallar el llanto. La rabia envuelve su corazón pero es incapaz de hacer nada. Le horroriza llorar y mostrarse desvalido ante el monstruo. Pero no puede hacer nada. Ese ser tiene una enorme y brillante reputación. En cambio él tan solo es un niño de poco más de once años. Nadie le creería. Si alguna vez reúne el valor suficiente para amenazar con contarlo, su tío, el monstruo, se encarga de decirle una y otra vez que no es nada malo y pregunta: ¿A quién crees que van a creer? Una mano se posa en su nuca. Nota el peso de su tío en un hueco libre de la cama. Siente cómo el monstruo, poco a poco, se acerca a él. No puede contener el temblor de su cuerpo. Nota la tibieza de las manos de su tío acariciando su espalda, cada vez más abajo, mientras pronuncia las mismas sibilantes palabras de siempre: "Tranquilo. No estamos haciendo nada malo. Esto es solo para que no tengas problemas cuando tengas una novia y sepas lo que hay que hacer" Otra vez igual. Como siempre. Nota cómo baja la mano de su tío y juguetea con la goma de su calzoncillo. Gimiendo y acariciando sin detenerse. Le toca, le acaricia, intenta besar sus labios pero él se aparta. Es este un pequeño triunfo para el niño. Pero la caricia continúa. El monstruo agarra su nuca y forcejea con su lengua contra los labios prietos del niño. La caricia continúa. El niño llora cuando nota una erección no deseada. El tío le coge la mano y se la pone en sus propios calzoncillos. Mientras dice que le quiere. No deja que se suelte el niño. Nadie le quiere más que él. Aprieta su miembro contra la mano. Este es el verdadero amor. Se restriega. Esto durará lo que el niño quiera. Pero nunca para. Siempre regresa. No hacemos nada malo. No hacemos nada malo. Repite una y otra vez.

En un momento de descuido hace un ruido y el monstruo le tapa la boca bruscamente. Mira a todos lados y le dice al oído ¿quieres que se entere todo el mundo? Este es nuestro secreto ¿A quién creerían? Los movimientos se hacen más violentos y espasmódicos. Tras un gemido sordo nota algo viscoso y caliente sobre su tripa. Las náuseas vuelven. Una espiral se aloja en su cerebro. Su tío, saca de algún lado un trozo de papel higiénico y limpia el vientre del niño y, tras esa minuciosa labor, se aleja como ha venido.
El niño se tira al suelo y queda hecho un ovillo mientras el llanto se hace más profundo. Cuando pasa un tiempo sin escuchar ni sentir nada, levanta la cabeza aterrado y mira alrededor. Pero cada vez que hace un ruido, la palabra secreto asalta su cerebro y hace que se calle ¿A quién creerán? Está agotado y horrorizado, como siempre. Las fuerzas están agotadas. Le duele la mandíbula, la cabeza y la espalda por la tensión y llora. Llora desconsoladamente. Aleja de sí las sábanas y las mantas con asco. Todo huele asquerosamente a él y lo tira lejos. Pero no quiere hacer ruido. Es nuestro secreto. Resuena en su cerebro ¿Quieres que se enteren? ¿A quién creerán? Taladra su conciencia. Se duerme, casi sin darse cuenta, entre lágrimas ahogadas y convulsiones aprisionadas en un absurdo abrazo que él mismo se proporciona. No puedo contarlo, se dice.

El niño se despierta tumbado en el suelo de la habitación. El bulto de mantas y sábanas está en el otro rincón de la habitación. Con los ojos anegados en lágrimas se levanta pesada y penosamente e intenta hacer la cama para que nadie se dé cuenta de lo que ha sucedido esa noche. Se vuelve a meter en la cama y finge dormira hasta que escucha que su tío se marcha a trabajar. Es entonces cuando va a la cocina a desayunar. Después de tomar un vaso de colacao entra en el cuarto de baño y observa la navaja con la que se afeita su tío. La idea ha llegado a su cabeza en más de una ocasión. Pero nunca se atreve. Cuánto daño haría a todo el mundo. No puede ser. No puede hacerlo. No sabe si es cobardía o no pero, como también ocurre cuando decide contarlo todo, imagina la cara de sus padres y lo que ocurriría a continuación y opta por el silencio.

Sería tanto daño el que podría ocasionar a su alrededor que decide que es mejor asumirlo todo uno sólo y tragarse la bilis. Aunque sea amarga, aunque duela. Es un trago que debe afrontar él. No puede ser que otros carguen con esta cruz que le ha tocado vivir a él. Además, si dice algo, podría ser el final de sus abuelos, ya mayores, y de su tía y no podría perdonárselo nunca. ¡Los quiere tanto! Pero también podría ser el de su padre. Porque es seguro que su padre acabaría en la cárcel y eso él no podría soportarlo. De modo que decide ser fuerte. Tirar para adelante estoicamente. Taparse la nariz y tragar este amargo trago. Intentará alojarlo en algún recóndito rincón de su cerebro y lo abandonará para siempre. Jura que nadie va a enterarse nunca de lo que sucede. Su tío se cree que es por lealtad. Pero es por no hacer daño a las personas que quiere. Además, él es un don nadie y su tío es un semidios en la familia. Nadie le creería. Lo que el niño aún no sabe es que esta es una herida que nunca se cierra. Nunca deja de sangrar. Siempre duele.

El veleta.

El otro día viendo las noticias me quedé anonadado. Me hacía cruces. No me cuadraban las cuentas. Me quedé estupefacto. Abracé mi cojín, mirando al infinito embobado, sin poder creer lo que acababa de escuchar. Mi cerebro, en una extraña pirueta con doble tirabuzón y mortal carpado hacia atrás, se acordó como por arte de magia de cuando este mismo señor nos hablaba desde su pedestal, oh pobres humanos, diciendo que por nuestro bien debíamos hacer exactamente lo contrario de lo que ahora estaba afirmando. Señalaba con su tembloroso dedo a los que desafiaban su verdad absoluta, mirándonos inquisitivamente y dictándonos sus normas inviolables. Pero ahora se estaba desdiciendo de todo aquello sin rubor alguno. No sólo eso, sino que predica lo contrario de lo que realiza, con una calma pasmosa. Las certezas, como los principios, para este señor, varían según la dirección del viento. Parece ser que los principios y la moral para él son tan volubles como la bolsa de Wall Street.

Pero no acaba ahí la cosa, porque su cohorte de amiguetes le ríe las gracias, le siguen el juego y hacen de su palabra dogma de fe. Igual que cacareaban antes una cosa, ahora pontifican lo contrario ladrando hasta la rabia espumosa. Lo mismo que antes argumentaban a favor, ahora siguen el dictado del líder argumentando en contra de lo antedicho por él. Igual llegamos a ver a la masa entrar en bucle y decir en el mismo tuit una cosa y la contraria. Es lo que tiene seguir a pies juntillas, anulada toda capacidad crítica, a un líder mesíanico. Uno al que la conciencia, el honor, el civismo y la humanidad más básica le vienen grandes. Uno que sabe que diga lo que diga, sus seguidores repetirán sus argumentos aunque sean contradictorios y crearán una opinión favorable en las redes sociales. Pues ese es su trono y su pedestal.

Cuando este señor dijo, poco más o menos, que el sistema empuja al humilde a incumplir las normas, nos está diciendo que todos somos incumplidores en potencia y que si no nos miran, nos saltaremos a la torera todas las reglas. Por básicas que sean. Con el agravante de señalar al humilde como si éste, por el mero hecho de serlo, no tuviese capacidad crítica. No fuese capaz de saber lo que está bien y lo que está mal. Como si, en definitiva, no tuviese conciencia. Este señor olvida que algunos, aún sin pretender ser espejo ni ejemplo de nadie, tenemos conciencia y principios básicos que rigen nuestros actos. Unos principios y conciencia cuyo tamaño, en muchos casos, es inversamente proporcional a la capacidad de su bolsillo. Porque la conciencia es un valor que no cambia de dirección cual veleta a nuestro antojo. Ni se va a la cama con el mejor postor como si de una prostituta intelectual se tratase.

Por todo ello le digo que no, señor Iglesias. Echenique no es ningún referente moral. Ni usted tampoco lo es, si afirma tales cosas, evidentemente. No puede ser referente moral, ni humanitario, ni democrático una persona que es incapaz de sustentar sus palabras con sus actos. Una persona que dice una cosa y hace la contraria. O mejor aún, que, mientras hace una cosa, pontifica sobre los beneficios de la contraria. Como tampoco puede serlo el cómplice que le apoya en público o en privado ni los que lo harán anónimamente tras el teclado de una tablet, un móvil, más inteligente que el dueño, o un ordenador.

Nadie con dos dedos de frente; o que no obtenga algún rédito político, mediático o dinerario por ello; o que no sea un títere intelectual en sus manos, puede comulgar con esas ruedas de molino que les ponen delante. Además, decir semejantes barbaridades, es una irresponsabilidad absoluta y una ofensa para los ciudadanos. En especial para los que, supuestamente, son su lucha. Decir de los humildes que están obligados a incumplir las normas, a saltarse las reglas y, llegados al extremo, a delinquir porque el sistema les empuja a ello, es cuanto menos irresponsable. Además de un acto lo suficientemente grave como para que no quede impune. Si se sienten lo bastante fuertes moralmente para señalar sin rubor a cuantos denominan certeramente pecadores, deberían tener la suficiente altura democrática que les haga ver sus propios errores y que purguen los propios. No obstante, mucho me temo que estos trileros volverán a quitarnos la bolita de la decencia de delante de nuestros ojos cuando levantemos su cubilete.

A la deriva.

No hay que confundir nunca respeto con temor. Ese es un mal endémico a la educación española. El padre no puede reconocer su error delante de su hijo porque sería mostrar inseguridad y desventaja frente al niño. El profesor tampoco puede permitir que los chicos disientan de sus afirmaciones porque son incapaces de argumentar con ideas. No son más que papagayos que dictan lo que ponen los libros que supuestamente enseñan a los niños. El buen padre, en cambio, habla con su hijo y le muestra el error bien sea suyo o del niño. Como el buen maestro no dudará jamás en confrontar ideas, argumentos y convicciones con sus alumnos con la finalidad de crear librepensadores.

Nos creemos que se nos muestra respeto cuando quien habla con nosotros no se atreve a argumentar nuestro error. Creemos que estamos en posesión de la verdad cuando el interlocutor no se atreve a disentir. Lo que se consigue con ello, empero, lejos del respeto, es cavar cada vez más profunda la tumba de nuestra inteligencia. Porque el disenso alimenta la inteligencia, al crear dudas y mostrarnos nuevas perspectivas en las que no habíamos reparado. Quizá, sólo quizá, esa sensación de duda nos haga interesarnos en porqué estamos equivocados. De modo que vayamos a internet, la biblioteca, el móvil o dónde queramos consultar, y, con ese pequeño gesto, alimentemos un poquito nuestro maltrecho cerebro.

Ahí llegamos a otro de los males de nuestra sociedad. Pues, además de la ignorancia, somos unos holgazanes. Es más fácil encender un televisor que abrir un libro. Es más sencillo mirar una pantalla que ir a una exposición y así sucesivamente. Esa vaguería hace que nos apoltronemos a consumir televisión sin pararnos a pensar. Mucha gente dice: “yo enciendo la tele y muchas veces no sé ni lo que dicen, pero la dejo ahí para que haya ruido de fondo”. Porque es más cómodo que nos den todo hecho. No hay que hacer ningún esfuerzo si se quiere ser un ignorante. Con dejarse llevar, vale. Pero dejarse ir en la ignorancia, como en el mar, es peligroso. Muy peligroso. A veces nunca se vuelve. Más aún porque esa televisión está dirigida por manipuladores profesionales que inoculan el veneno de lo políticamente correcto en las conciencias.

Estar alejados dialécticamente de nuestro interlocutor “por el respeto que nos tiene” conlleva que nos afiancemos en nuestro error. Aposentemos firmemente los pies sobre nuestras erróneas convicciones y nos creamos en posesión de la verdad. Una verdad cimentada en el temor que provocamos en lugar de en el respeto que le tienen a nuestra inteligencia. Una verdad equivocada y, por lo tanto, paradójicamente falsa. Para la que hemos inventado la idea de que cada cual tiene su verdad por no decir que está equivocado. Porque verdad solo hay una. Aunque a veces no nos guste o esté lejos de nuestras convicciones.

Así, por respeto a la ignorancia (que no a la inteligencia ni, mucho menos, a la persona) inventamos esa afirmación. Por miedo a disentir con el poderoso, jamás por respeto, somos incapaces de argumentar nuestras convicciones. No podemos confrontar ideas intentando enriquecernos mutuamente con nuestro interlocutor. Porque además, la ignorancia nos hace creernos por encima de los demás. Cuanto más tonto más alto creemos estar. Eso hace que creamos tener derecho a ser respetados sin que nosotros tengamos que respetar nunca a los demás, ni sus ideas, porque estamos en la cúspide y el resto no son sino unos menguados mentales. Además, para el estúpido, el respeto va en dirección única y, siempre, con el viento a su favor.

Porque un tonto es incapaz de tener empatía por nada más que por sus convicciones, por erróneas, falsas o dirigidas que sean. Porque esa ignorancia gestada, cuidada y alimentada amorosamente desde la cuna, unida a una total falta de empatía y aliñada con la dictadura de lo políticamente correcto, es muy peligrosa. Tanto como dejarse ir a la deriva sobre una balsa de troncos. Pues pueden surgir, sin que nos demos cuenta, falsos mesías sin escrúpulos o malvados líderes que pastoreen a una recua de ineptos a su antojo sin que se enteren. Así pondremos en peligro a todos. Acabaremos con la humanidad o la pondremos contra las cuerdas. Porque, entre la espada de dirigentes sinvergüenzas, y la pared de una sociedad edulcorada, anestesiada e ignorante, encontraremos la tumba de la Democracia.

Los amigos de la plaza.

Cuando llega el verano y veo a mi hijo jugar con sus amigos en la piscina me asalta la nostalgia. Cuando va a jugar a las cartas o veo que se tira el rato hablando de lo divino y lo humano; o que discuten vehementemente; o que se cuentan chistes y se ríen escandalosamente; o quizá algún enfado esporádico, me acuerdo de aquéllos días de verano. Una sonrisa ilumina mi rostro y los ojos brillantes miran un punto indeterminado del horizonte y recuerdo. Recuerdo anécdotas varias y me río. El sabor del chicle tico-tico de sandía inunda mi boca y sonrío. Empiezo a tararear una canción emblemática de entonces y recuerdo a mi grupo de amigos y sonrío.

Recuerdo cuando, llegado el verano, los chicos de la plaza quedábamos a las once menos cuarto de la mañana para ir juntos a la piscina y ser los primeros en bañarnos. Volvíamos a casa a las dos de la tarde y después de comer y de la serie de moda (recuerdo con mucho cariño "La fuga de Logan" y "Galáctica"entre otras) íbamos de nuevo a la piscina. Así lográbamos estar juntos cuánto más tiempo mejor. Hacíamos lo mismo que hacen ahora los niños. A saber: jugar a las cartas, jugar al fútbol, jugar a saltar en la piscina tirándote del modo más original y a todo lo que se nos ocurriese. El caso era estar siempre juntos. Después, solíamos subir a casa a por un bocadillo y jugábamos un poco más en la calle, hasta las nueve o diez que subíamos a cenar. Disfrutamos mucho la calle juntos y éramos los mejores amigos del mundo, lo más importante, y nada, por nada del mundo, nos separaría.

Fuimos aprendiendo juntos un montón de cosas. Aprendiendo y experimentando, que tanto monta, en todos los ámbitos de la vida. Primeros besos furtivos a escondidas. Primeros amores para toda la vida, y sus consiguientes batacazos. Primeras depresiones. Primera borrachera estúpida. Primeras rivalidades con otros grupos de otras plazas vecinas que vestían peor que nosotros, olían peor que nosotros y jugaban al fútbol peor que nosotros, por supuesto. Escuchábamos la primera música juntos. Divagábamos sobre cualquier tema que escuchásemos en la televisión o la radio. De política, de fútbol, de música. Daba igual. Éramos primigenios tertulianos de programas basura porque de nada sabíamos y de todo opinábamos.

Todo ello fue haciendo que la amistad se fuera cimentando en complicidades varias. Compactándola, haciéndola más fuerte. A medida que crecimos las cosas cambiaron. Lo inocente y casual dio paso a lo importante. Los escarceos amorosos empezaron a dar paso a los primeros noviazgos. Algunos de ellos, los menos, han sido definitivos pero lo que sí tenían todos en común, es que fueron los primeros. Como los recuerdos son así de caprichosos van mezclándose a salto de mata. Recuerdo algunos amigos que ya no están.

Separaciones que se produjeron por mudanzas terribles, o por tristes divorcios paternos. Quizá también por los naturales cambios físicos, en algunos casos casi milagrosos, de un año para otro. Esto se dio sobretodo en niñas a las que sin más explicaciones dejamos de gustarles. Diferentes gustos. Distintas escalas de valores. Prioridades que hicieron que se fuera resquebrajando la unidad del grupo. Recuerdo, por ejemplo, cuando algunos empezamos a ir a la universidad y otros a trabajar pero seguíamos juntos los fines de semana. Inevitablemente el grupo se fue dispersando.

Los gustos de cada uno; así como la vida de cada uno o las necesidades de cada uno fueron imponiéndose. Las reuniones se fueron distanciando más en el tiempo. La responsabilidad, esa maldita enemiga de la inocencia, fue entrando sigilosa en nuestras vidas. Cada uno fue priorizando como quiso y creyó oportuno y, poco a poco, nos fuimos haciendo más esquivos a la hora de vernos. Tanto es así que, a día de hoy, no nos vemos. Apenas sabemos unos de otros.

Si nos vemos, las sonrisas y abrazos surgirán de inmediato, pero nada más. Cuando veamos marchar a nuestro amigo diremos: "Podía haberle dicho que si tomaba una caña" pero no se me ocurrió. "Bueno, la próxima vez, será" piensas, engañándote. Salvo las honrosas excepciones de los dos o tres amigos de toda la vida que todos tenemos, el resto son recuerdos agradables de todos aquéllos compañeros de borracheras; de aquellas primeras novias y de los amigos de esos de verdad. ¿De los de verdad? ¿Seguro? En algunos casos sí, por supuesto, los tres o cuatro mencionados, pero la vida sigue.

La rueda de la vida sigue girando inexorablemente y te das cuenta que tu vida social ha pasado a dirigirla tu hijo. Los papás de sus amigos son tus amigos. En las filas de recogida de los niños se inician conversaciones. En esas conversaciones compruebas con quién tienes cosas en común y con quién no. Surgen cañas y más conversaciones. Habrá veces en que surgirán más planes. De modo que, sin pretenderlo, aparecerá la amistad. Como por arte de magia. Espontáneamente. Sin darnos cuenta.

La voz de mi hijo me urge para que me bañe con él y sus amigos en la piscina. Me doy cuenta de lo incómodo que estoy sentado en la toalla. Llevo un rato en la misma postura y el trasero se me ha dormido. El niño se abalanza riéndose mientras me moja con sus manitas. Le hago cosquillas levantándome. En el agua esperan sus amigos salpicándonos y riéndose. Después hemos quedado con sus papás para cenar tomando unas cañas en la plaza. Queda poco tiempo para que cierren la piscina así que me apremian para que me bañe con ellos. Me acerco a la ducha y abro el grifo. Mientras me ducho, me pregunta que si luego vamos a ir a la plaza a cenar. La plaza. Su plaza. Sus amigos de la plaza. Una sonrisa brota en mis labios. "Sí cariño, le respondo, a cenar con tus amigos de la plaza".

En serie.

En la cinta transportadora podemos ver brazos, piernas, torsos y cabezas desfilando sin pausa. Es una cadena de montaje perpetua y constante. Se premia la paciencia y la calma. Se ensamblan las piezas con constancia y sosiego. Los operarios son pausados. De hecho, el dicho: "sin prisa pero sin pausa" cobra todo su sentido al mirar esta cadena de montaje. Una vez montados los cuerpos pasarán a una sala nueva. En la que podremos ver cómo unos van al montón del pelo moreno y ojos castaños; otros al del pelo rubio y ojos verdes; los de más allá irán a la zona pelirroja, y así sucesivamente.

Lunares, cejas arqueadas y pómulos altos van apareciendo en los muñecos aquí y allá. En esta canasta los que tienen rizado el pelo; en la otra los que tienen un antojo; ésta va a ser la de los que tienen seis dedos... Para diferenciarlos. Para hacerlos únicos. Para personalizarlos. Así se van terminando de ensamblar. Los pies egipcios o cuadrados. El rostro alargado o redondo. Los ojos almendrados o saltones. Gafas o audífonos. Cojera, mudez, ceguera o manco. Un hoyuelo en la barbilla. Narices aguileñas, rectas, largas. Cuellos alargados o cortos. Se va decidiendo aleatoria y concienzudamente.

Cuando se termina el montaje del cuerpo y sus aderezos se pasa a la zona de vestuario. Se decidirá el gusto de cada uno. Si va a ir vestido con vaqueros, zapatillas y camiseta; o si la indumentaria elegida será en traje riguroso, con corbata y gemelos; si ellas irán con falda, más o menos corta, o con ropa más o menos ceñida. Se decidirá si van a ir a la moda o serán clásicos y todo cuanto se les ocurra.

Después, cuando su indumentaria y gustos personales ha sido definitivamente decidida, pasarán a la distribución geográfica de los muñecos. Para ello se pondrán unos pocos de cada clase para cada lugar de acogida. Se eligen las zonas a poblar y se les va enviando en surtidos y variados grupos. Tres de vaquero, cuatro de traje, seis ceñidas, dos con falda y una en pantalón a un lado. En otros lados otras distribuciones, dependiendo del gusto del que distribuye. Así se van poblando las zonas del modo más heterogéneo y aleatorio posible.

Cuando son depositados en sus determinados lugares una sirena les da la bienvenida. Todos, al unísono y sin excepción, dejan lo que estén haciendo y se yerguen abriendo los ojos como platos esperando ser programados. En dicha programación se les dirá lo que se espera de ellos. Cuál es el futuro que les espera. Las ideas y creencias que deben tener. Lo que tienen que sentir en cada ocasión. Si son más o menos sensibles. Sus pensamientos. Sus reacciones. Todo se calcula al milímetro, sin dejar nada al azar. Se decide cuándo han de llorar, cuándo reír y cuándo enfadarse. La fase final de la programación consistirá en dejarlos marchar a formar sus familias y así vivir "libremente".

Algo así deben pensar en España que es la sociedad. A través de una dañina manipulación han ido fabricando una sociedad anestesiada, ignorante y maleable. Es ésta, una manufactura cruel e interesada, para crear conciencias a su antojo. Modelar cerebros y creencias. Nadie piensa. ¿Para qué? Ya nos dirán lo que tenemos que sentir, pensar y creer. Una sociedad de seres carentes de conciencia propia que repitan las consignas dictadas como mantras. Esa es la finalidad de su manipulación.

Ahora bien, lo triste no es que piensen en hacerlo; ni siquiera es que lo intenten; lo triste es que lo han conseguido. No hay más que echar un vistazo alrededor. Un país poblado de ninis horteras y estúpidos que gritan sin hablar y hablan sin pensar. De otra manera no puedo explicarme mi país. No puedo explicarme que haya alguien que diga una solemne estupidez y el resto le siga como autómatas. De otra manera no puedo explicarme nuestra sociedad. No puedo explicarme estúpidas campañas a favor de personajes públicos sentenciados por un juez. Ni tampoco, por supuesto, soy capaz de explicarme de otro modo el resultado de las elecciones.

Rabia, vergüenza y asco.

Ayer, mientras tomaba café, vi la noticia de Messi y su padre condenados a veintiún meses de cárcel por fraude fiscal. Me reconforta que la gente que defrauda sea condenada, pero me reconfortaría más que cumpliesen su condena. Me alegré de que Isabel Pantoja o Julián Muñoz por poner un ejemplo de gente conocida, diesen con sus huesos en prisión. Porque todo el que incumple tiene que pagar. Porque si yo incumpliese tendría que pagar. Digo que me alegraría, pero como lo haría que cualquier otro defraudador pagase por sus actos. De hecho sería sumamente feliz si todos los que defraudan fuesen a la cárcel previa devolución del dinero. Sean políticos, actores, economistas, pescaderos o futbolistas. Porque hay que perseguir y castigar el fraude.

A mi modo de ver, por lo tanto, Messi y su padre tienen que recibir un castigo. Para que España deje de ser la risión. Que dejemos de ser la casa de tócame Roque judicialmente hablando. Cosa harto difícil con todos los casos de corrupción que se silencian, ningunean y sobreseen en beneficio siempre de los mismos. No se puede permitir que esta gente siga eludiendo la justicia porque ésta ha de ser igual de estricta para todos. Sin olvidarnos de que además ha de ser proporcional al delito cometido.

Porque, no olvidemos que, cuando se defrauda, se está impidiendo que ese dinero llegue a los servicios que tanto reclamamos los ciudadanos. Servicios que contribuyen a que la nuestra, sea una sociedad de bienestar. Un bienestar que, por causa del fraude, es cada vez menor. Un bienestar que, si seguimos así, será tendente a cero. Todo ese dinero defraudado hace que, por ejemplo, la ley de dependencia, el transporte, las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, la educación o la sanidad pública, reciban menos dinero. Todo porque ese dinero ha sido distraído de las arcas de todos por unos sinvergüenzas.

Pero, mientras los ciudadanos recibimos peores o menores servicios, y se enriquecen al no pagar impuestos, nosotros seguimos pagando los mismos, o más. Por eso se dice que quien defrauda nos roba a todos. Precisamente por eso me encantaría que esta gente cumpliera su condena. Por eso me parece tan criticable quien sale en defensa de Messi como el que fue a gritar guapa a la tonadillera cuando entró en la cárcel. Porque la culpabilidad de Messi ya no se discute al haber sido condenado. Otra cosa es que tenga derecho a recurrir y se llegue a un acuerdo y aquí paz y después gloria. Porque mucho me temo que no va a ir a la cárcel. Como muchos otros que se lo merecen y tampoco van a pisar una celda.

En un país tan polarizado como es España, posicionarte contra determinado condenado (en este caso Messi) por fraude te hace inmediatamente ser anti él y los suyos y, consecuentemente, pro los contrarios. De modo que yo debo ser socialista cuando digo que los casos del partido popular me dan asco. En cambio seré del partido popular si digo que el caso de los eres son asquerosos. Debo ser anti catalán cuando digo el asco que me da el caso Palau. O republicano si hablo del asco del caso de Iñaki Urdangarín y la infanta Crisitina, etc.

Cuando hay un caso de estos la maquinaria de comunicación y propaganda se pone a funcionar para hacernos creer que el verdugo es víctima. Haciendo una labor de desgaste como el que hace el agua en la roca, a la que acaba modelando. Igual hacen estos comunicadores y propagandistas para modelar la opinión pública a su antojo. Gracias a esa maquinaria veremos a los aficionados blaugranas repetir como papagayos las excusas que esa maquinaria quiera hacerles creer. Exactamente igual que vimos, y seguimos viendo, a afines de los populares, socialistas, sindicalistas, católicos y de la monarquía defender y repetir hasta la saciedad los argumentos dictados por sus propagandistas en defensa de sus afines. Porque somos un país de ignorantes polarizados y fanáticos. Lo que nos hace, por lo tanto, fácilmente manejables.

Para muestra un botón: ayer ya podíamos cenar sin que el caso Messi fuese trending topic en ese gran barómetro de la comunicación que es twitter. Todos utilizan su poder para poner el interés particular por encima del interés general. Lo que me da rabia y vergüenza. Pero ese fanatismo. Ese fanatismo manipulado y promocionado que no nos permite ver más allá de nuestras narices me da asco. Que los imputados se defiendan está bien y están en su derecho, faltaría más. Pero es asqueroso que se fomente la polarización del país para que no podamos ser críticos y veamos a los nuestros siempre como los buenos siendo, lógicamente, los rivales siempre los malos. Haciendo que busquemos cualquier pretexto para excusar la actuación inmoral y hasta delictiva de nuestros ídolos. Lo que me da asco.
Mucho asco.