13/1/18

Un horizonte gris

La característica fundamental del intelectual es la independencia. Cualidad que, sin duda, debería ser su meta a alcanzar, su cénit de pensamiento. El ejemplo de esto, o uno de ellos, es Don Miguel de Unamuno, denostado por ambos bandos contendientes ni más ni menos que en la guerra civil española. Era un señor que hablaba con igual vehemencia contra esto y aquello.

El sentido de ser del intelectual es poner la razón al servicio de los demás, para, desde la crítica y el desapego al poder, intentar conseguir una sociedad mejor para todos sin excepción y más culta. Ponerla ante el espejo inmisericorde  del intelectual para hacer que, desde la crítica más o menos mordaz, la sociedad prospere y, en consecuencia, mejore. Pero, si sólo piensa en uno mismo, no estaríamos hablando de un intelectual, sino de un eremita misántropo. Si además, ese intelectual, es incapaz de ser independiente, sería una marioneta que actúa como vocero de la ideología de turno. 

Esto lo podemos observar muy claramente en las RRSS. Están plagadas de voceros de unos y otros encargados de que la corriente de opinión de turno llegue hasta el más recóndito escondite del planeta. El funcionamiento es, más o menos así: Surge una noticia y los partidos políticos se encargan de lanzar sus puntos de vista. Los voceros irán aireando sus proclamas cual mantra. La gente lo va leyendo y va posicionándose a favor o en contra (dependiendo de si es un influencer al que sigue o de si es odiado por el influencer al que sigue). Así de peregrino es el método de elección de ideas propias irrefutables. 

Además los hay tan atrevidos que, creyéndose caca y sin llegar a pedo, discuten vehementemente con verdaderos intelectuales. Hay ocasiones en que las discusiones suben de tono y llegan a producir bloqueos. Pero otras veces los voceros se juntan cual manada de lobos hambrientos dirigidos por el politicucho de turno y sacan de quicio al intelectual más templado. Esto lo hemos podido ver últimamente al provocar la marcha de Lorenzo Silva de twiter. Que no ha sido por un enfado puntual sino por un trabajo de erosión que ha desembocado en esta triste decisión. Su marcha ha hecho que nos quedemos intelectualmente un poquito más huérfanos de pensamiento sano en las RRSS.

Si se van de twiter quienes hacen pensar de un modo intelectualmente atractivo, sano y que plantean preguntas inteligentes, únicamente nos va a quedar la morralla intelectual. La basura ideológica. Los voceros de palurdas ideologías y siglas. Pero no se crean que es algo baladí pues esta gente crea corrientes de opinión. En caso de que el horizonte de las RRSS quede como un páramo intelectualmente desolado, los menosmola con ínfulas las manejarán. Ese problema no sería tal si no hubiese tanto ignorante pusilánime que se deja influir por los mantras vomitados por estos voceros. 

5/12/17

Funny girl, Nick Hornby. Mi opinión.

Odio tener, no ya que decir, sino dejar por escrito esta aseveración: En una primera lectura Funny Girl me resultó una obra pretenciosa y aburrida. Esto, en un autor como Nick Hornby, no puede ser. De hecho, me repetía una y otra vez: "no puede ser  Nick, tú no". Cualquier otro autor puede resultarme un tostón pero Nick Hornby nunca. Enfrascado como estaba en el regodeo del disgusto de la primera lectura, escuché, no sé muy bien dónde, que hay veces en que hay que dejar que las ideas que te ha trasmitido la novela se posen para que germinen y se materialicen en forma de no sé qué bella flor. O algo así. En fin, los que me conocéis sabéis que no puedo con tanto almíbar. Pero, por Nick, sería capaz de cumplir con esas edulcoradas premisas. Así que decidí darle tiempo a Funny Girl, aún a riesgo de una subida de azúcar, porque igual era eso. A lo mejor yo no había entendido lo que el autor había pretendido. Que, me decía cual mantra, era lo más probable. Por eso, aunque alguno de vosotros me pedía mi opinión no os la daba (algunos, además, habiéndoos leído la novela antes que yo). De modo que hice caso al consejo diabético y permití que la historia de Bárbara Parker dejase poso. Pero mi impaciencia es otro factor a tener en cuenta en esta ecuación y, como no podía ser de otro modo, decidí darle un pequeño impulso. Para ayudar dulcemente a germinar la idea tranmitida. Así que la he releído, y no una, pues han sido tres las veces en que he buceado por sus páginas para intentar sacarle todo el jugo, pues Mr. Hornby merece ese esfuerzo por mi parte. Así que ahora estoy preparado para intentar plasmar mi impresión de esta novela.

Pongámonos en situación: Se trata de la historia de una mujer de mediados de los años sesenta del siglo pasado. Una mujer que está enamorada de los programas de Lucille Ball. Y que, siguiendo sus pasos, quiere huir de su pueblecito natal para dejar su vida provinciana y convertirse en actriz de éxito. Así, tras ganar un concurso de belleza en su pequeño pueblecito costero del condado de Lancashire, se marcha a Londres, dejando atrás a su padre y su hogar, en busca de su sueño. Una vez allí, trabajará en el departamento de cosméticos de unos grandes almacenes donde su belleza resaltará y hará las delicias de los clientes. Pero sigue con su sueño y decide ir a ver a un representante de actores algo casposo. Éste le sugiere que cambie su nombre por el más comercial de: "Sophie Straw" y así lo hace. Con nuevos bríos se presenta a un casting de la BBC y, gracias a la demostración de su vis cómica en una discusión por un giro de guión, consigue el papel protagonista. Convirtiéndose en la actriz protagonista de la teleserie de humor titulada Bárbara (y Jim) que sube como la espuma entre los programas de mayor audiencia. De este modo aprovechará Hornby para llevarnos de la mano de Bárbara a conocer los entresijos de la televisión británica de aquéllos lúcidos, prolíficos e intensos años sesenta. Nos hará partícipes de los conflictos tanto internos como externos que tienen todos los actores de la obra, así como los guionistas de la teleserie, su director y los empresarios de televisión.
 
Entonces, ¿por qué no me gustó la novela en una primera lectura? Creo que la razón es que Nick Hornby en este libro, en lugar de centrarse en la protagonista de la historia, pretende hacer una obra coral parecida a la que tan buen resultado le dio con la titulada “En picado”. Lejos de conseguirlo, lo  que ha sucedido (y esto lo digo con el bagaje de tres lecturas y tras intentar realizar un análisis lo más pormenorizado posible del libro) es que el personaje principal es tan sumamente poderoso que el resto de tramas son baladíes. El personaje de Bárbara se come al resto. Es una novela con una estructura más compleja de lo que el autor nos tiene  acostumbrados, en la que los personajes secundarios, todos ellos bien diseñados y presentados, son absorbidos por el inmenso carisma de la protagonista. Nos importa más la vida de Bárbara/Sophie que la del resto y creo que ahí radica el porqué esta historia se me hace bola.

Porque, si algo caracteriza las obras de Nick Hornby, es un lenguaje sencillo y sin sobrecargar, amenizado por una estructura también sencilla (en ambos casos hablo de sencillez no de simpleza) que va al grano sin demasiado adorno, con multitud de giros cómicos y con unos personajes de lo más normal y corriente que siempre están muy bien trazados. Creo, pues, que lo que falla en esta novela es dónde pone el autor su objetivo, ese equilibrio necesario en toda obra. Pero ojo, es una magnífica novela. Es un libro bien construido y escrito. No creo que sea una obra fallida en ningún caso. Pero de lo que sí estoy convencido es que este libro hubiese tenido mucho mayor efecto, al menos en mí, y hubiera sido más impactante si lo que subyace en esta estructura lo hubiese hecho Nick Hornby sin complejos. Es decir, si hubiese hecho una novela cuya protagonista fuese la industria televisiva británica de los años sesenta. Creo que al decidir poner el acento en Bárbara tendría que haberse centrado más en sus conflictos y sólo en los suyos. Pero, al querer mostrar al detalle los del resto de personajes secundarios y el funcionamiento de la BBC, está otorgando mayor importancia a la televisión en detrimento de la que debería tener Bárbara. Porque, aunque nos diga que es ella la protagonista, lo que está mostrando es que la verdadera protagonista de la historia es la televisión. Es, por lo tanto, un problema de equilibrio entre la protagonista y el resto de personajes. Pero, aún así, no deja de ser una magnífica historia sobre la televisión de aquéllos años.

Odio tener que resaltar este, a mi juicio, error de cálculo de mi admirado Nick Hornby. Por eso, para que se me quite el mal sabor de boca que me ha dejado plasmar esta opinión no tan favorable como quisiera de "Funny girl", voy a ver de nuevo “An education” una película cuyo guión es suyo y que me encanta. Así que, mientras espero vuestros comentarios, me quedo viendo esta magnífica película una vez más.


4/12/17

Naufragio (Soneto)

Nunca quise marcharme de tu lado 
porque te amé como nadie amaba.
Pero decidiste que te largabas 
y ese amor se pudrió en mis labios.

El hado del amor envenenado 
quiso de forma cruel e inopinada
reírse de mí con ruines carcajadas
cuando, tan dulcemente embriagados, 

nos quisimos, salvajes, nos besamos.
Desgarrando a jirones nuestra boca.
Tu vida con mi vida jugueteando. 

Viviendo aquella febril pasión loca 
que iba alegremente navegando 
hacia el adiós de tus crueles rocas.

4/10/17

Aprender a sonreír

Cada mañana sonaba el despertador a las seis en punto. Pesada y amargamente lo apagaba para ir casi reptando a la cocina a desayunar. Tras tomar mi zumo y mi café con leche me metía en la ducha. Bajo la alcachofa de la ducha dejaba que el agua arrastrase la modorra de mi cuerpo y la enviara muy lejos por el sumidero. 

Dar un beso a mi mujer y mi hijo, aún acostados, era el paso previo a salir de casa y tomar el ascensor hasta el garaje y coger el coche para ir al trabajo. Una vez dentro del coche sintonizaba alguna radio que me hiciera menos pesada la caravana  y que hiciese brotar alguna sonrisa que iluminara la gris mañana. 

Para quien hablase conmigo lo habitual era escuchar mis amargas quejas a propósito de los madrugones y los atascos que tenía que soportar. Además de mis, más aún vehementes, quejas acerca de la dificultad a la hora de aparcar el coche en alguna calle cerca del trabajo.

Entablar conversación con mis compañeros era, en algunos casos, una ardua tarea de cuya, a veces, imposibilidad también me quejaba en los cinco minutos de cigarrillo. La hora de la comida la pasaba junto a alguien pero en seguida marchaba a pasear solo, pesaroso, lamentando mi mala estrella. 

Mi sonrisa en cambio renacía al salir del trabajo y acercarme a mi casa. Las tardes se iluminaban si lograba ir a buscar a mi hijo al colegio y llevarlo a sus actividades extra escolares. En mis conversaciones con amigos y mi mujer eran frecuentes las quejas por mi trabajo, mis madrugones y mi mala estrella. 

El fin de semana, empero, era un oasis. Un oasis  repleto de todas las actividades reservadas para realizar en esos dos días. Actividades con la familia, ir con mi hijo y sus amigos a la plaza; con los amigos, irnos a comer por ahí; o con mi mujer, cena, teatro, cine. En fin, un poco como todo el mundo.

Me da pena no haber dado valor a lo que tenía. Soy tan tonto que valoro las cosas cuando las pierdo. Ahora no trabajo, pero tampoco puedo escribir (que es mi pasión) porque los dolores no me lo permiten. Tampoco madrugo, ni duermo del tirón, ni conduzco ni, por lo tanto, cojo atascos. No aguanto insulsas conversaciones ni me quejo de mis jefes. 

Porque el destino me tenía guardada una sota de bastos. He tenido que aprender a aguantar el tirón. Porque llevo de baja desde hace casi seis meses, con dos operaciones de columna por medio. Ahora mis quejas las protagonizan mis dolores y los ardores de estómago que provoca la ingesta, casi masiva, de medicamentos. 

Ya no veo los fines de semana como un oasis entre la mediocre cotidianidad de la semana. Porque ahora todos los días son prácticamente lo mismo. Vivo en un constante día de la marmota. Entre los dolores, y la incomodidad en toda postura que dure más de diez minutos, me siento incapaz de hacer cosas. 


Ahora, cuando todo es gris, si no negro, es cuando he aprendido a dar valor a las pequeñas cosas. Esas que antes obviaba. Ahora he aprendido que se puede sonreír por nimiedades. Lástima que tenga que haber pasado por dos operaciones de columna para darme cuenta. Pero, como habrán deducido, muy listo no soy. 

12/9/17

Sobre el fondo y la forma.



Tenemos una innata tendencia a conferir propiedades cuasi divinas a objetos de lo más ordinario. Ocurre más a menudo de lo aconsejable que, de tanto hablar tratándolos con veneración y postrados de rodillas, actuamos como si esos objetos tuviesen por sí mismos dicha cualidad. Quizá ese modo de denominar a los objetos que nos rodean fuese válido como creación de figuras metafóricas propias del realismo mágico. Pues magia, y mucha, deberían tener alguno de esos objetos para poseer, no ya divinas, sino cualidades santurronas.

Tendemos, pues, a relacionar ese objeto con la cualidad misma que queremos definir al nombrarlo. Por reducción al absurdo, tendemos a confundir el contenido con el continente. Pero es aquél y no éste el que ostenta la memorable cualidad de que dotamos al objeto. Aunque a veces confundamos uno y otro. No se puede equivocar el fondo con la forma. No se tendría que atribuir mayor importancia a un detalle que a lo nuclear. No se debe, en definitiva, obviar lo importante en favor de lo superfluo.

Un lienzo, por sí mismo, no es una obra de arte. En cambio, si algún maestro esboza una pintura, podría llegar a considerarse como tal. Del mismo modo, si soy yo el que lo pinta, el lienzo habrá quedado destrozado con total seguridad. Cuando hablemos de un lienzo, por lo tanto, debemos tener mucho cuidado porque puede que haya sido pintado por Goya o por un tuercebotas como yo. Y les aseguro que yo no puedo equivocarme tanto como para que un lienzo mío se considere una obra de arte. Por eso digo que es el contenido lo que importa. Esta es la razón de atribuir a un objeto unas propiedades u otras. Por este motivo no debemos figurarnos que, cuando se habla de un lienzo, se trata de un cuadro maravilloso equivocando forma y fondo.

En un texto, por ejemplo, podríamos intentar juntar bellísimas palabras de una manera inconexa y de ningún modo brotaría un poema o un relato magníficos. Probablemente no fuese más que una ridiculez pretenciosa y absurda carente de significado y sin nada que aportar. En cambio, si se le confiere hondura de pensamiento filosófico a la par que belleza en la forma de decir, estaríamos ante un texto memorable. Sea en verso o en prosa. Porque, aún con disparidad de opiniones al respecto en cuanto a los poemas se refiere, en general, la forma tiene una menor importancia que el fondo. El contenido es más importante que el continente. Lo que se dice, que cómo se dice. Los genios son los que dicen maravillas con palabras fantásticas y crean textos increíbles con tan solo mover los labios.
                             
A veces uno se equivoca y no consigue ser certero con sus afirmaciones; otras no se consigue dar con la palabra correcta que confiera al texto la hondura pretendida. Quizá pueda ser que no se sepa lo que se dice, que sucede y mucho últimamente; o simplemente que no se esté dotado para decir nada. Quizá suceda que lo que se diga esté oculto, de tan envuelto como lo presentamos, con una pátina ideológica. Hay veces que lo que se persigue con la ambigüedad del mensaje lanzado es despistar al oyente en la búsqueda del propio beneficio. Haciendo que se pierda en palabrerías absurdas sin que se dé cuenta de lo que le estamos diciendo aún quedando en evidencia por hacer determinadas afirmaciones. Hay veces que se retuerce el discurso en un marasmo de términos para decir mucho dando la sensación de no haber dicho nada, o al revés.

Por ejemplo, en las noticias de no recuerdo qué canal, he llegado a escuchar a una parlamentaria decir que un asunto litigioso entre una autonomía y el estado no puede ser tratado judicialmente porque debe solucionarse políticamente. Lo que ignora, o intencionadamente calla esta señora, es que el asunto del que habla es un conflicto entre una norma inferior y otra superior. El ordenamiento jurídico español indica que en caso de conflicto entre normas prevalece la norma superior. Lo importante en este caso, aunque haya sido obviado en beneficio de lo banal en busca de no sé bien qué beneficio, es el principio de legalidad. De modo que esta señora ha mostrado que no sabía lo que decía; aunque quizá la búsqueda del beneficio propio haya pesado más que su imagen.

Del mismo modo hay quienes no tienen ningún reparo en buscar su beneficio en detrimento de su imagen. Venerando, arrodillados y llorando como ascetas, una simple urna como si de la propia democracia se tratase. Ignorando, o callando, que el hecho de votar es sinónimo de democracia cuando se vota dentro del marco legal. Porque, para ser democrático lo que se vota, ha de ser legal. Principio inexcusable que no se cumple en el caso que nos ocupa. En este asunto se está dando un valor irreal a lo superfluo (urna) en detrimento de lo que es realmente importante (legalidad). No dejamos de escuchar, y de leer en las redes sociales, lo democrático que es el hecho de poner urnas. Aunque sea para que voten unos pocos desoyendo interesadamente la voz de los demás. Pues bien, será un acto democrático cuando lo que se vote sea legal.

Otorgamos propiedades divinas a un objeto para dotarle de una importancia que realmente no tiene. Por sí mismo una urna carece de significado. Como símbolo de democracia puede valer, a lo mejor, pero nada más. De hecho, una urna no es más que un cubo de metacrilato con una ranura en la parte superior. Ahora bien, lo que le otorga valor a la urna es la papeleta. Aunque ni siquiera, porque siendo más preciso, lo que le da significado es lo que se consigne en la papeleta. Si el contenido de la papeleta no se ajusta a derecho lo votado no puede ser legal. El hecho de votar pierde importancia. Se bastardea y retuerce la democracia en beneficio propio confundiendo interesadamente, de este modo, el fondo y la forma.

14/7/17

Declaración de principios.

En una sociedad tan polarizada como la nuestra en las que desde la opinión pública se dice que si estás en contra de uno, eres afín al de enfrente, impidiendo, de este modo, que existan equidistancias. No puedes estar en contra de unos y otros; ni puedes ser, por tanto, independiente. No puedes mantenerte en un término medio. Tienen que etiquetarte, si no molestas. Además, es un hecho que desde las administraciones, se quiere controlar toda opinión vertida en uno u otro sentido y desde cualquier lugar que ésta se cree, lo que está provocando que, en lugar de creadores librepensantes, se estén formando hordas propagandistas que les hacen el juego desde sus películas, novelas, artículos de opinión, canciones, fotografías o cuadros. Es decir, desde cualquier ámbito de la creación artística. De modo que esos propagandistas les crean corrientes de opinión afines a sus intereses y que les produzca beneficios.

La primera medida a adoptar por un partido político que se precie de serlo es amordazar la cultura o, en su defecto, domesticarla y enseñarla a que muestre la patita obediente cuando se le diga. El fin del político es conseguir el voto y para ello utilizan todas las armas que tengan a su alcance. Un número de armas creciente porque, en nuestros días, los partidos políticos se han convertido en algo más que eso. Ahora han pasado a ser lobbies de poder con su banquito (o cajita de ahorros), su prensa afín, sus intelectuales de cabecera y sus community manager que agitan las redes a su antojo. Todo ello, claro, hecho desde su mejor saber por y para nuestro bien. Eso dicen ellos y eso creen sus acólitos que repiten el mensaje hasta la saciedad.

La cultura que conocemos, en términos generales, es una cultura de foco. Una cultura plegada a los intereses de los lobbies antedichos. Lo que, por definición, no será jamás Cultura. Esta cultura de foco es utilizada por unos y otros para amodorrar la conciencia colectiva inundando sus cerebros con la propaganda adecuada y creando adeptos a sus premisas, principios y creencias. Tal como están las cosas, ahora hay que pasar por el aro de su adhesión o morir en el arcén del olvido. Es de este punto de vista desde el que se crea la actual cultura de masas bobalicona, edulcorada y simple. Cuanto más simple mejor para que no ponga en riesgo sus premisas y principios.

En cambio, ser intelectual implica no doblegarse a nada más que la Razón. Discutir con ahínco y vehemencia, si fuere menester, toda rigidez moral e imposición y Crear. Crear desde la mayor libertad posible dudando de todo poder fáctico y de líderes mesiánicos. Pues la Cultura ha de ser contestataria y firme combatiendo el poder establecido. Tiene que crear conciencias hurgando en las rendijas utilizadas por ese poder. Ha de ser molesta, por supuesto, porque llama ladrón al ladrón. Independientemente de con quién se acueste, a quién vote, o a quién rece el ladrón. Que dote al ciudadano de argumentos con los que dudar, disentir, pensar y elegir en conciencia, pero con toda la información en su poder. No una información interesada y sesgada. Pero, claro, eso no les interesa. Viven instalados en la cómoda urbanización de lujo que provoca la tranquilidad de saber que han logrado domesticar la cultura. Para la mediocre clase política de nuestro país es mejor adormilar conciencias y conseguir el voto, que tener un pueblo culto y formado que les obligue a tener que subir el nivel de sus discursos. Tal es el nivel del político medio español. 

Por todo ello combatiré contra el statu quo de la cultura actual declarándome independiente de todo fantoche adoctrinado. Me propongo cortar los hilos de las marionetas del poder que repiten hasta la saciedad sus consignas como un mantra hasta que cale en la sociedad y les proporcione un voto más. Porque creo que a los creadores hay que dotarlos de una libertad real para que la Cultura sea transgresora, independiente, libre, indómita, arriesgada y propiedad del que la crea. Para que ésta sea independiente de organismos y administraciones oficiales y partidos políticos que ofrecen su mecenazgo a cambio de su creación. De modo que veamos todo tipo de discursos en los medios. Esa es la verdadera libertad de opinión. Una libertad e independencia para no escuchar los teledirigidos discursos oficiales una y otra vez, creando tendencias programadas. Evitando exámenes de una censura que, desde las instituciones, digan quién sí y quién no debe llegar al público. 

15/6/17

15 de Junio de 1977

Escapaste de aquel tiempo absurdo,
se acabó la noche, al fin llegó el día.
La luz ocultó la sombra prohibida 
y eran melodías lo que antes murmullos.

Tras mucho huir por camino oscuro
llegaste hasta un claro y no había salida 
Te encontraste arriesgando tu vida
entre afilada espada y alto muro

Invierno marchó y con él los hielos,
se abrieron las flores volvió primavera,
mas la sombra aún agitaría el miedo

pues ese es el oro de su cruel moneda
que les enriquece a costa del pueblo

que está entre su urna y sus papeletas.