28/6/16

Involución. Rizar el rizo.

Hay frases que nos definen; otras frases nos hunden, y por supuesto, hay algunas que nos elevan. Estas últimas son momentos puntuales, únicos, que nos hacen tocar la excelencia casi milagrosamente. Es muy difícil estar "sembrado" continuamente pero no es nada difícil hacer el ridículo en cada intervención. Unos cuántos ejemplos que ilustrarán mejor lo que quiero decir, todos dichos por personas conocidas: Le tocó la lotería y ahora vive como un majara. No es la contaminación lo que daña el planeta, son las partículas sucias que hay en el aire y el agua. Dos, cuatro, seis y así sustantivamente. Me hicieron una redundancia magnética. Fue un accidente muy grave pero no le quedaron espuelas ¿Dónde se celebra este año el festival de Cannes? En fin.
Si yo dijese una de esas frases que te rebajan al nivel del subsuelo intelectual, seguro que muchos de mis amigos dejarían de hablarme. Otros, por su parte, me mirarían mal y se reirían. Dudo, en cambio, que hubiera alguno de ellos que se diese la vuelta, sonriendo, y asintiese pasando su brazo sobre mis hombros, ratificando mi error e intentando entablar una conversación seria al respecto. Si se diera el caso, borraría su teléfono de mi móvil y bloquearía de mis contactos esa mala influencia.
Porque hay frases que tienen miga. Que nos dejan marcados de por vida ¿recuerdan el candelabro de Sofía Mazagatos, por poner otro ejemplo? Ese tipo de frases nos denigran según son pronunciadas. Rebajan al autor al nivel intelectual de un nini malcriado y hortera. El ejemplo que me viene a la cabeza podría ser el del protagonista de la fotografía que me han enviado estos días por mensaje. Es un chaval que lleva una gorra puesta con la visera hacia atrás, las gafas de sol colgadas en el cuello de su camiseta, mientras se protege los ojos al mirar la puesta de sol.

Igual que esas frases y actitudes, hay gustos que nos denigran tanto o más. Escuchar discos de Milli Vanilli en nuestra habitación a escondidas, por ejemplo. Discos en los que, para más inri, ni siquiera cantan ellos ¿habrá alguien que pueda seguir escuchando a Milli Vanilli y salir de su agujero? ¿O que quieran leer los libros de Belén Esteban y Ana Rosa Quintana? Bueno, esto último, pensándolo bien, fueron Best Seller. Así que dan mucho que pensar de la sociedad en que vivimos. Ah, ¿y qué me dicen de los que ven los programas de debate político esos en los que los contertulios son incapaces de elevar los discursos a algo más que un simple "y tú más" gritado a voz en cuello? Lo dicho, denigrante.

En cambio, hay frases que nos elevan a las más altas cotas de la intelectualidad. Que suelen ser incomprensibles para la gran mayoría y que provocan miradas de asombro convirtiéndonos por un segundo en gurús de la cultura. Mi frase preferida es: "Siempre fui minimalista" Cuando la pronuncio, muchos me miran atónitos sin comprender lo que quiero decir y un brillo de orgullo en sus ojos. Una minoría, en cambio, asiente sonriendo. Hubo, de hecho, un amigo que se hizo una camiseta con esa frase. Pero mi mujer, sin embargo, suspira y dice: "otra vez, por Dios, qué pesado"

Hablando de gustos, si decimos: "Me encanta el señor de las moscas" habrá quien ni siquiera sepa que se trata de un libro. Pues sí, es un libro. Un magnífico libro. Recomendable para entender la natural crueldad humana. De modo que, si no lo han hecho ya, léanlo. Vamos. ¿A qué esperan?

Pero, si bien no es en absoluto malo ser inteligente, no conviene ir más allá en el intento de demostrarlo porque puedes llegar a dar la vuelta a la tortilla y pasar de ser considerado un tío inteligente a un pedante de campeonato. Una cosa es ilustrar a los demás con lo que sabemos y, por supuesto, dejarnos ilustrar con lo que saben los demás. Y otra, bien distinta, es querer demostrar a cada momento que sabemos más que el de al lado. Eso sería fatal. Es propio de una ordinariez y falta de educación lamentable.

Aún es peor intentar rizar el rizo con esas demostraciones de conocimiento. Por ejemplo, si dices: "me flipa el cine esquimal" dejarás bien a las claras, haciendo un sencillo análisis de esa frase, que el uso del verbo flipar implica que quieres acercarte al nivel intelectual del interlocutor. Por mínimo que este sea. Intentas empatizar con él. Llamas su atención y haces que te mire con ojos de carnero degollado, asombrado, mientras su engranaje cerebral empieza a rechinar forzado.

Ahora bien, continuando con el análisis iniciado, podemos colegir que el hecho de que te guste el cine esquimal señala que tienes un problema. Un importante problema de autoestima. Quieres gustar a los demás y diferenciarte de ellos con tu sabiduría. Pues en realidad los consideras unos ignorantes. Pero si ves esa película mientras ingieres una infusión de hierbas raras con aromas extraños, es algo peligroso. Si ese visionado lo aderezas, además, pertrechado con unas gafas redondas sin cristales mientras estás tomando un gin tonic en cuya copa has metido hasta un clavel, es que estás llegando a tu límite. Pero además, si puntualizas: "Y sin subtítulos" Amigo, eso es que has empezado a involucionar.

La playa. Lo importante.

Desde el agua miro nuestras toallas y te veo sentada. Nos observas con las gafas de sol puestas y saludas con la mano. Una enorme sonrisa ilumina, aún más, tu rostro. El niño y yo te saludamos desde el agua. Hacemos un poco el tonto para que te rías. Lo conseguimos. Después te das la vuelta y hojeas la estúpida revista que te has comprado para matar el rato. Nosotros, mientras, seguimos jugando en el agua. Al pilla pilla, por ejemplo, que nos gusta mucho. Hasta que atrapo al niño. Lo lanzo hacia arriba sobre las olas y observo cómo cae al agua riéndose, riéndonos a carcajadas. Cuando nos cansamos y, siempre, siempre, tras bucear un poco juntos a ver si vemos peces, volvemos a nuestro refugio, a la toalla.

Enrollas al niño, que está tiritando y con los labios morados, con su toalla de los Minions. El cariño de la escena me hace sonreír orgulloso. Os observo empapado mientras me seco con mi toalla. Me siento junto a vosotros y nos ponemos a jugar a las cartas los tres hasta que nos secamos del todo. El niño y yo empezamos a hacer un castillo de arena. Imponente. Inexpugnable. La joya de nuestro reino.

Nos miras sonriendo y preguntas quién va contigo a bañarse. El niño no da tiempo a terminar la pregunta. Se levanta, raudo, y te da la mano mientras me mira sonriendo. Os veo ir entrando en el agua, mientras su frescor os obliga a hacer escorzos imposibles que provocan mi sonrisa. Desde aquí puedo oír vuestra risa. Me tumbo tranquilo, sosegado, orgulloso y feliz en nuestro refugio. Cierro los ojos y me dejo mecer por el rumor del mar hasta que unas pequeñas gotas provocan mi sobresalto.

Abro los ojos y veo al niño sonriendo que se me va a lanzar encima. Le abrazo y me levanto. Lo alzo de un pie y así, cabeza abajo, me lo llevo de vuelta al agua. Se engancha a mi pierna y empezamos de nuevo nuestra tanda de juegos. Nos dices con gestos que tengamos cuidado pero ya estamos en el agua. El ritual incluye, lógicamente, el pilla pilla; un ratito de buceo; otro de saltar olas y después de regreso contigo.
Al sentarnos, el niño me alerta de que nuestro inexpugnable castillo se ha venido abajo. Las olas del mar son crueles y mortíferas. Con un grito se levanta y se tira junto a su castillo. Nuestro castillo. Sonrío mientras el niño intenta solventar lo inevitable. Te miro y veo que tu piel se está secando. La sal del agua forma pequeños círculos en ella. Me recuerdan a pequeños y blancos castros celtas que pueblan toda tu espalda. Mi espalda. Tu cuerpo. Mi cuerpo. Nuestro reino. Nuestra vida. Nuestro refugio y nada más. Lo importante.

Entre el estómago y el corazón.

Les llamo solo una vez a la semana, si toca, porque soy un puto desastre. Eso es así, para qué disimular. No me da la vida para andar llamando. Siempre estoy corriendo para estar puntual cuando todo el mundo me necesita menos para ellos. En cambio, cada vez que he estado ahí cuando lo han necesitado, ha sido cuando me he sentido el hombre más feliz y más importante del mundo. Lo mejor. Lo más. Pero no estoy siempre. Me gustaría pensar que sí, pero no. No soy tan buen hijo. Me acuerdo de ellos mucho, muchísimo. Siempre. Pero lo demuestro poco. Nada.

Sé que la vida se nos escapa aunque no queramos. Es como intentar mantener en la palma de la mano un litro de agua de mar. A nuestro pesar se escapará hasta la última gota y se secarán nuestras manos. Sé que iremos quedándonos solos hasta que afrontemos el último paso hacia el otro mundo. Sé que nadie nos puede acompañar en ese trance. Sé que la fatiga de la vida se disfraza de nostalgia. Sé que esa nostalgia se va alojando en un lugar oscuro entre el estómago y el corazón, encogiendo aquél y ralentizando éste.

También sé que los valientes mueren una vez y los cobardes muchas. Sé que un hombre se ve con las tripas en la mano y sigue adelante defendiendo a los suyos. Que un hombre se viste por los pies, por supuesto. Sé que los ojos aprenden a mirar desechando lo superfluo y lo que nos quieren mostrar. Aprendiendo de este modo a ver lo que realmente tenemos delante. Distinguiendo al gato de la liebre. Sé que hay insultos que no son tales pues no son más que meras definiciones. Sé que la vida es muy corta para dejarla pasar entre mediocridades. Por eso nos enseñasteis a mis hermanas y a mí que nos tenía que gustar lo bueno. Sé que lo bueno es lo que te emociona. El buen cine, el buen teatro, la buena música y la buena literatura nunca dejan indiferente a nadie. Nunca decepciona. Siempre enseña. Lo sé porque lo aprendí de vosotros.

Un hombre en su lecho de muerte me envió un mensaje: que aprendiese de mi padre a ser un Señor, así con mayúsculas. La emoción y el orgullo se dan la mano en ese recuerdo imborrable. Pero como el desastre que soy, nunca les he dado las gracias por ser, por estar, por su ejemplo. Porque a pesar de mis ausencias ellos están siempre. Sé que estarán siempre a pesar de todas mis torpezas. Lo minúsculo, lo poco, lo ínfimo que soy será siempre gracias a ellos. Me enseñaron a no ser "juanele" ni "repezuñoso" que nada es verdad ni mentira. Que todo depende del cristal con que se mira. Que una sonrisa sincera y el brillo de unos ojos que te miran puede ser lo más grande en este mundo. Que no hay nada más importante que un pequeño instante del más profundo amor.

Dentro de nada es su aniversario de bodas y, probablemente, llamaré dos días después ¿No les he dicho que soy un puto desastre? Pues eso. Pero pienso en ellos, con ellos, de ellos, para ellos. Aunque sea tarde. Les siento. Eso siempre. No puede ser tarde ni pronto porque es siempre. Están aquí conmigo iluminando ese lugar oscuro entre mi estómago y mi corazón. Siempre. Y me enorgullezco de ellos, por supuesto, del corazón enorme que tienen. De la bondad que rezuman. De lo que me han enseñado. De su cariño. De su ejemplo. De lo que son porque es lo que seré, o intentaré ser, que además es lo que pretendo trasmitirle a mi hijo.

La desfachatez.

Según la RAE la desfachatez es la falta de vergüenza, el descaro o la desvergüenza. No creo que haya mejor modo de definir un modo de actuar taimado y falto de coherencia con los principios de uno que con esta palabra. No hay mejor modo de llamar a alguien que quiere mostrar altos ideales impostando determinadas virtudes siendo, en cambio, poseedor de los vicios que oculta. Es que, ese modo de actuar, en España es muy corriente.

Con que giremos un poquito nuestro cuello y miremos a nuestro alrededor veremos que hay situaciones y actuaciones que no pueden ser denominadas de mejor manera. Porque a nada que analicemos un poquito nuestra sociedad veremos la cantidad de desvergüenza que nos rodea. Amén de poca educación, mal gusto y peor estilo. Pero es que ha habido un problema muy grave en nuestro país: que desde los púlpitos televisivos se ha puesto como ejemplo al zafio. Se ensalza al que consigue las cosas de cualquier modo, por ilícito que sea, frente al honesto y honrado. Además, siempre se da la circunstancia de que a quien ponen de ejemplo es un paleto, un maleducado y un hortera redomado. Ahora bien, como sale en televisión y somos una sociedad de menguados mentales, crea tendencia. Por lo que tenemos un país de ignorantes, horteras y paletos además de desvergonzados y maleducados.

Después mostraremos nuestra desfachatez, con nuestra gorra a medio calar y solo incrustada a media rosca mientras escuchamos reggaeton a todo volumen, al gritar a voz en cuello nuestro descontento por los pésimos sistemas de enseñanza con que nos han obsequiado nuestros gobernantes. Por eso del qué dirán, claro, porque nos importa lo que piensen de nosotros. Y porque, en nuestro fuero interno, envidiamos, alabamos y honramos al que sale en televisión, aunque sea por un herpes genital. Lo daríamos todo; venderíamos nuestros ideales; acabaríamos con nuestros congéneres y aniquilaríamos a nuestros padres con tal de salir diez minutos en televisión y ser reconocidos en la tasca donde solemos ser atendidos por un camarero desdentado donde vamos cada día a tomar el café aguado con grasientos bollos.

En cambio, si vemos a alguien triunfar en cualquier ámbito, lo despellejamos sin miramientos. Si ese alguien que triunfa es un futbolista de nuestro equipo favorito y comete cualquier delito por grave que sea lo excusaremos sin desmayo hasta el ictus. En cambio, como sea del equipo rival y cometa un error por leve que sea, lo despellejaremos igualmente hasta el ictus. Además de decir que ha triunfado por los árbitros y las circunstancias favorables que únicamente se le permiten a él. Porque además de desvergonzados somos envidiosos y como buenos envidiosos no concebimos el bien ajeno por méritos propios. Pero lo grave es que si extrapolamos a la política este mismo caso se daría la misma desfachatez. En España no somos demócratas sino que somos hooligans de nuestros partidos políticos igual que de nuestros equipos de fútbol.

Te quiero. Relato basado en la canción "Princesa" de Joaquín Sabina

Ver la mirada vacía de tus ojos azules apagados. Observar tus erráticos movimientos y el temblor que domina tus manos. Lamentarme al ver que intentas disimularlo pero no haces más que hacer más evidente tu degradante estado. Las lágrimas gastadas, los gritos de rabia y de impotencia ante la posibilidad de perderte, todo perdido. Todo absurdo. Todo en vano. Tu sucia ropa con incierto y rancio olor a final, a game over, a acabado. Un intenso y sucio olor a sudor y otros fluidos. Tus cabellos lacios e inertes que caen ociosos sobre unos pronunciados pómulos desde cuyos valles descansa tu apagada mirada. Tus labios desdibujados, perdidos como tú misma, mordisqueados e inquietos.

La habitación apesta al aroma dulzón de la heroína. Las jeringuillas tiradas por todo el cuarto de baño con sangre reseca en su interior y tu vida en cada aguja. Los papeles de aluminio abrasados por todo el salón y la cocina. No hay cucharas. Muevo el azúcar de mi café con un bolígrafo. Una lágrima cae por mi rostro. Pero está decidido. Ya no puedo pelear más. Me tropiezo con otra vacía botella de whisky barato de las que abarrotan la terraza. Las cartas del banco anunciando desahucios amontonadas en la entrada. Los ceniceros llenos de colillas y mi corazón hundido.

Veo, casi sin querer, una fotografía de hace apenas tres años. Ahí estás tú. Con tus vaqueros ceñidos y tu camisa lascivamente desabrochada insinuando unos maravillosos pechos que eran, como luego supe, deliciosamente suaves. Tu cabello dorado y rizado a semejanza de la versión rockera de Olivia Newton John en Grease que tanto te gustaba. Esos ojos vivos, brillantes, hermosos, inquietos, despiertos, ávidos, grandes, azules y de gata que tenías. Que me enamoraron. Que me consiguieron y que hasta este instante me han atado a tu lado. Esos labios rojos, carnosos, deseados, añorados y apetecibles como pétalos de una rosa que se marchitó hace tiempo.

Me pediste la luna y, aún sin lograr traerla, cada noche te llevaba a la azotea de nuestro edificio a hacer el amor para estar más cerca. Cualquier cosa. Habría hecho cualquier cosa por ti. Pero ya es tarde. Porque ahora tu cadáver descansa, al fin descansa, en nuestra habitación. Ahí entre la basura en que convertiste nuestra vida he intentado dejar tu cuerpo. Rodeado de las rosas esas que tanto te gustaban. He dejado puesto el disco de la banda sonora de Grease que tanto escuchamos juntos. He subido a nuestra azotea y, a modo de despedida, voy a saltar.

Te quiero.

Florencia. Historia de un viaje.

Los viajantes llenan su maleta de ilusiones. Se van a dormir nerviosos por el viaje a realizar. Se levantan de madrugada para comprobar que todo está en orden una y otra vez. Los nervios no les dejan dormir. Miran el techo de su habitación tumbados en la cama boca arriba. Son incapaces de articular palabra por si el otro está dormido. Así, intentando que la pareja no se dé cuenta de que uno está dormido, el ojo se da por vencido. Repasando mentalmente los itinerarios a realizar por la ciudad. Hasta que todo a su alrededor se apaga. Repentinamente la música del despertador les sobresalta y todo su mundo se acelera. Desayunan rápido. Vamos, vamos, vamos. Suena el telefonillo. Oh Dios, ya está aquí el taxi. Démonos prisa. Así, corriendo, llegan al aeropuerto.

Embarcan con emoción. El avión acelera. Las ruedas dejan el suelo. El paisaje se va haciendo más pequeño y lejano. Flotan hacia un destino que saben maravilloso. Leen un poco. Se besan. Observan a los demás pasajeros. Se besan. Comentan lo que sucede a su alrededor. Sonríen cómplices y vuelven a besarse. La voz del sobrecargo les avisa que ya queda poco para alcanzar su objetivo. Comienza el descenso. El estómago les da un vuelco al descender bruscamente con alguna turbulencia. Notan de nuevo las ruedas tocar tierra. Cuando el avión se detiene van a por las maletas. Avisan a sus familias de la llegada sin sobresaltos. Allí un coche de la agencia de viajes les llevará hasta su hotel.

El trayecto se les hace corto mirando por la ventanilla la ciudad de Florencia que los espera elegante. En el hotel todo es perfecto. La recepción maravillosa. Un clasicismo magnífico les hace evocar tiempos mejores. El patio interior es, en realidad, un jardín interior espléndido desde el que leer, escuchar música y conversar. Desharán la maleta y recogerán la ropa con parsimonia. Entre beso y beso, sonrisas, caricias y ganas de dar un paseo y aspirar todo el aroma de la ciudad. Al salir a la calle, les recibe el brillante río Arno bajo un insólito sol de febrero. Los elegantes edificios bordean su ribera. La luz del sol se filtra entre los edificios y se refleja en el agua. El paisaje es sublime. El camino gira y se abre a una plaza coronada por una pequeña iglesia. Magnificencia, sobriedad, arte y creencias a flor de piel en cada templo que visitan. Por pequeño que sea cada uno de esos templos les descubre un tesoro magnífico. Cada uno distinto. Cada iglesia es una sorpresa, una emoción contenida y rebosa belleza.

Desde allí llegan al Ponte Vecchio de la ciudad. Lugar comercial por excelencia. Desde este enclave magnífico se accede a una galería de los oficios. Una galería de arte colosal, único en el mundo. De nuevo en la calle van sorteando la plaza de la Signoría desde la que héroes de toda época les dan la bienvenida. Miran maravillados intentando evitar chocar con otros viandantes. Deciden perderse por las maravillosas callejuelas llenas de vida, color y contrastes que únicamente un país como Italia puede ofrecer. Llegan a la plaza de la Catedral y la boca se abre en una mueca de sorpresa que no abandonarán hasta que dejen atrás esta ciudad. Una sonrisa incrédula con cada nuevo monumento visitado, con cada reflejo del sol en sus rincones, con cada gota de lluvia en sus cornisas. Cuando creen que lo que habían visto era insuperable, una nueva plaza se abre ofreciendo una vista más maravillosa aún. Un nuevo detalle los sobrecoge. Una nueva señal los subyuga. Florencia, sin pretenderlo, está atrapando a los viajeros.

Es que Florencia, como el resto de Italia, está plagada de contrastes, de extremos opuestos de elegancia y riqueza, coloreada de la amabilidad y buen humor de sus gentes. Donde únicamente la grandeza del arte que encierran sus rincones supera la de los gestos y grandilocuencia de sus habitantes. El lugar en que se nos muestra cómo paradójicamente el cartesiano orden constructivo romano es caótico en su disposición. Un lugar que te embelesa, que te hace suyo, que crea adicción, que te maravilla y te enamora.

4/12/15

Colmado de vida

Como un suspiro, casi sin esfuerzo,
expulso el aire y tu beso exhalo.
El recuerdo leve y grave abandonado.
Lentamente de tu vista me pierdo.

Te vas de mi, tu sombra se ha alejado
desvaneciendo el lóbrego recuerdo
acompañando al arrepentimiento.
Así mis días se van iluminando.

Te abandoné igual que a otro mal vicio.
Precipitado en tu suave caída.
Creciente la distancia y el alivio.

Te vas, al fin, y así, terrible ruina
por vaciarme de ti, triste prejuicio,
me colmé de luz, de paz y de vida.

Emilio Durán Escobar.