14/7/17

Declaración de principios.

En una sociedad tan polarizada como la nuestra en las que desde la opinión pública se dice que si estás en contra de uno, eres afín al de enfrente, impidiendo, de este modo, que existan equidistancias. No puedes estar en contra de unos y otros; ni puedes ser, por tanto, independiente. No puedes mantenerte en un término medio. Tienen que etiquetarte, si no molestas. Además, es un hecho que desde las administraciones, se quiere controlar toda opinión vertida en uno u otro sentido y desde cualquier lugar que ésta se cree, lo que está provocando que, en lugar de creadores librepensantes, se estén formando hordas propagandistas que les hacen el juego desde sus películas, novelas, artículos de opinión, canciones, fotografías o cuadros. Es decir, desde cualquier ámbito de la creación artística. De modo que esos propagandistas les crean corrientes de opinión afines a sus intereses y que les produzca beneficios.

La primera medida a adoptar por un partido político que se precie de serlo es amordazar la cultura o, en su defecto, domesticarla y enseñarla a que muestre la patita obediente cuando se le diga. El fin del político es conseguir el voto y para ello utilizan todas las armas que tengan a su alcance. Un número de armas creciente porque, en nuestros días, los partidos políticos se han convertido en algo más que eso. Ahora han pasado a ser lobbies de poder con su banquito (o cajita de ahorros), su prensa afín, sus intelectuales de cabecera y sus community manager que agitan las redes a su antojo. Todo ello, claro, hecho desde su mejor saber por y para nuestro bien. Eso dicen ellos y eso creen sus acólitos que repiten el mensaje hasta la saciedad.

La cultura que conocemos, en términos generales, es una cultura de foco. Una cultura plegada a los intereses de los lobbies antedichos. Lo que, por definición, no será jamás Cultura. Esta cultura de foco es utilizada por unos y otros para amodorrar la conciencia colectiva inundando sus cerebros con la propaganda adecuada y creando adeptos a sus premisas, principios y creencias. Tal como están las cosas, ahora hay que pasar por el aro de su adhesión o morir en el arcén del olvido. Es de este punto de vista desde el que se crea la actual cultura de masas bobalicona, edulcorada y simple. Cuanto más simple mejor para que no ponga en riesgo sus premisas y principios.

En cambio, ser intelectual implica no doblegarse a nada más que la Razón. Discutir con ahínco y vehemencia, si fuere menester, toda rigidez moral e imposición y Crear. Crear desde la mayor libertad posible dudando de todo poder fáctico y de líderes mesiánicos. Pues la Cultura ha de ser contestataria y firme combatiendo el poder establecido. Tiene que crear conciencias hurgando en las rendijas utilizadas por ese poder. Ha de ser molesta, por supuesto, porque llama ladrón al ladrón. Independientemente de con quién se acueste, a quién vote, o a quién rece el ladrón. Que dote al ciudadano de argumentos con los que dudar, disentir, pensar y elegir en conciencia, pero con toda la información en su poder. No una información interesada y sesgada. Pero, claro, eso no les interesa. Viven instalados en la cómoda urbanización de lujo que provoca la tranquilidad de saber que han logrado domesticar la cultura. Para la mediocre clase política de nuestro país es mejor adormilar conciencias y conseguir el voto, que tener un pueblo culto y formado que les obligue a tener que subir el nivel de sus discursos. Tal es el nivel del político medio español. 

Por todo ello combatiré contra el statu quo de la cultura actual declarándome independiente de todo fantoche adoctrinado. Me propongo cortar los hilos de las marionetas del poder que repiten hasta la saciedad sus consignas como un mantra hasta que cale en la sociedad y les proporcione un voto más. Porque creo que a los creadores hay que dotarlos de una libertad real para que la Cultura sea transgresora, independiente, libre, indómita, arriesgada y propiedad del que la crea. Para que ésta sea independiente de organismos y administraciones oficiales y partidos políticos que ofrecen su mecenazgo a cambio de su creación. De modo que veamos todo tipo de discursos en los medios. Esa es la verdadera libertad de opinión. Una libertad e independencia para no escuchar los teledirigidos discursos oficiales una y otra vez, creando tendencias programadas. Evitando exámenes de una censura que, desde las instituciones, digan quién sí y quién no debe llegar al público. 

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