7/9/17

Querer o saber.



Para bien o para mal en España hay una constitución. Una constitución que probablemente fuese redactada como un parche momentáneo para salir del paso y realizar la transición política tan necesaria en España en aquel tiempo. Ahora ha quedado obsoleta y hay que modificarla y adecuarla a los tiempos que corren, dicen algunos, y me parece perfecto. Que se modifique en el sentido que se quiera modificar. Bien para establecer el método de conseguir una independencia del propio Estado o para cambiar el modelo de convivencia. Que se refunde España como una República o lo que se acuerde entre todos. Porque así, con consenso, todo es posible.
No olvidemos que la propia constitución establece los métodos para su modificación. Unos métodos que, según el asunto a modificar, serán más o menos complejos. Complejidad que viene dada en que hay que llegar a acuerdos con el resto de fuerzas políticas. El problema que yo veo para una profunda modificación constitucional radica precisamente ahí: en la incapacidad de nuestros representantes políticos para sentarse a hablar, establecer un consenso y llegar a un acuerdo en el sentido que sea buscando el bien común. Es decir para verdaderamente hacer política. 
Es más fácil, y menos gravoso legislativamente, puentear la constitución, pasársela por el forro y exaltar a la gente (bien sea mediante la vía de las redes sociales o cualesquiera otras a su alcance) para que la masa salga a la calle a gritar la consigna que se les ocurra. Eso es mucho más sencillo que hacer política de la de verdad. Ese modo viral y tuitero de hacer política me recuerda al de gente que no era muy demócrata precisamente. Gente que utilizaba la propaganda para exaltar las bondades del partido. Porque quien puentea, ningunea y desoye la constitución, está haciendo un flaco favor a su condición de demócrata. Pues, por mucho que se les llene la boca de democracia autoproclamándose demócratas, no lo son.
A mi modo de ver, tener tan polarizado el país, es detestable. Pero no menos detestable, e incluso asqueroso, me resultó ver la necesidad de politizar un funeral con víctimas internacionales por los fallecidos en los atentados de Barcelona. Todo ello para sacar rédito político de ese execrable suceso. Exactamente igual de asqueroso que cuando aquel infausto once de marzo por la tarde, unas fuerzas políticas proclamaban a los cuatro vientos que los 193 muertos del tren de cercanías de Madrid, eran fruto de un atentado etarra, mientras los de enfrente decían que era producto del terrorismo yihadista. También por sacar cuánto mayor rédito político mejor. Ya  que una u otra variable le daba a uno u otro bando la posibilidad de llegar al gobierno. Solo pensarlo me da grima.
Por ello, cuando me dicen que la legitimidad de esta constitución está en entredicho y que la transición fue una patada hacia adelante de la situación política, les digo: de acuerdo, modifiquen la constitución. Si puede ser cierto todo lo que alegan. Puede que fuese algo provisional, un parche; que su legitimidad, como dicen, esté en entredicho y demás argumentos que esgrimen. Claro que puede ser. Pero para resolver este problema, nada baladí, hay que hacer política de verdad. Sentar a todos a la mesa. Ver caso por caso, estudiarlos entre todos y llegar a una solución consensuada. Para después, según prevé la constitución, establecer el protocolo adecuado para llevarlo a cabo.  Eso sí, entiendo yo, que es el modo democrático de hacer las cosas. Porque, a mi modo de ver, hay dos formas de hacerlas: bien o mal.
Pero esto de hacer política de la de verdad es más complicado para nuestros políticos. Porque no están capacitados. Porque hacer política no es, como están acostumbrados, decir quiero esto, lo tuiteo, exalto a la masa y lo consigo por aplastamiento, no. Hay que llegar a acuerdos con las demás fuerzas políticas. Hacer concesiones unos y otros pensando en el bien común. Y para eso, estimado lector, hay que querer y hay que saber. Y dudo mucho que nuestros actuales representantes políticos sepan hacer política y quieran dejar de utilizar la política a su antojo para su propio beneficio.

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